La Coctelera

Comeclavos

Apodado también dientes largos y ojo de satán y lord high life y sultán de los tosedores y cabeza hendida y pies negros y chistera y bey de los mentirosos y palabra de honor y casi abogado y embarullador de procesos y médico de lavativas...

Categoría: Fetichismos

29 Octubre 2006

Presidenta Roslin:“¿Le importaría prestarme algún libro...?

...Solo me traje uno para leer en el vuelo del Galáctica.”
Comandante Adama: “¿Qué libro?”
Presidenta Roslin:
Homicidio en Picon. Me encantan los misterios.”
C.A: "¿Ha leído Día oscuro?”
P.R: “De Edward Prima. Me da pena decir que es un clásico que aún no he leído.”
C.A: “Creo que le gustará.”
P.R: “Gracias, tal vez tarde en devolvérselo.”
C.A: “Es un obsequio, no presto libros.”

Dos veteranos secundarios del cine: la maternal Mary McDonell (en la imagen) como la ministra de cultura ascendida de improviso a presidenta de gobierno de lo que resta de la raza humana; y el chicano Edward James Olmos representando al severo y estoico jefe militar que vela por la supervivencia de esa misma humanidad. Son los principales protagonistas de la revisada Galáctica, una de las primeras series de televisión imbuidas conscientemente del espíritu 11-S, si no la primera; ambos caracteres dan contenido a una narración llena de tintes oscuros, dramáticos, en lo que todos los personajes cargan con sus propios cadáveres, reales o imaginarios.

Gracias a la estética retrofuturista de la serie, Adama puede permitirse en el despacho de su nave espacial de combate una biblioteca con ejemplares en papel y encuadernados en cuero. Libros que regala, no que presta. Junto a Los Soprano creo que es de las pocas historias televisivas de hoy día en donde se ve a algún personaje leyendo -y citando- algo que no sea el periódico de la mañana.

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26 Octubre 2006

Auden-Arendt, Arendt-Auden

La primera

Termino de leer los últimos ensayos que componen Prólogos y epílogos (Península) de W.H. Auden. Nadie se gana la vida con la poesía (aunque a Wystan parece que le pagaban bien por verso) de modo que la tarea crítica fue parte principal de su sustento. Pero nada que ver con la escritura mercenaria, nunca redactó críticas de ninguna obra que no le gustase. Tal vez porque siempre leía lo que le gustaba. Más o menos como el lector comeclavos que aquí comenta este libro recopilatorio con algunas de sus más selectas lecturas y comentarios.

La labor de escribir sobre lo que otros escribieron la realizó en parte Auden a través de la prensa, como es habitual en la crítica profesional. Son los epílogos a libros ya colocados en las librerías, a los que corresponden textos como Una conciencia de la realidad, sobre el diario de Virginia Wolf; Un verdadero maridaje de cerebros, acerca del epistolario entre Richard Strauss y el libretista de sus operas; o Calma incluso en la catástrofe que comenta la edición de las cartas de Vincent Van Gogh a su hermano Theo.

Pero hay también ensayos más amplios, los auténticos prólogos que preceden a libros como Viaje a Italia, de Goethe y los poemas de Cavafis; o como la introducción titulada Los griegos y nosotros destinada a una antología de literatura helénica. Este último prólogo es en verdad un auténtico ensayo sobre la mentalidad de la Antigüedad y cómo nos sigue afectando cuando leemos su poesía épica, su tragedia o sus diálogos platónicos, sin los cuales jamás habríamos llegado a tener plena conciencia, es decir jamás habríamos llegado a ser, para bien o para mal, plenamente humanos.

El crítico es sagaz. Además convence. Se le nota enamorado de lo que ha leído sin por ello dejar de pensar por qué se enamora e incluso, colmo de la crítica, hace bella literatura sobre la bella literatura de los demás. Y sin que estorbe el añadido, como un complemento más de la lectura principal. Es la capacidad de estar al nivel de los grandes que comenta, que tantos querríamos para nosotros mismos.

La segunda

¿Donde queda Hannah Arendt en todo esto? En la primera página, porque Prólogos y epílogos está dedicado a ella. Casualmente se cumple el centenario de la pensadora alemana. Por ello la fundación cultural en honor del personaje que se dedicó a esponsorizar el golpe de estado de 1936 está realizando un ciclo de conferencias sobre esta analista de los totalitarismos y de la libertad del ciudadano que tan peculiar era en su escritura. La de hoy tratará sobre “la moral como integridad” en la autora. La de anteayer lleva como tema su republicanismo, concepto que en términos de filosofía política arendtiana tiene que ver más con la toma de decisiones y la democracia deliberativa que con colgar de nuevo la tricolor en la Puerta del Sol y hacer sonar el Himno de Riego en los boletines horarios de las ocho.

La tercera

En la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos se conserva el legado documental de Arendt. La parte más accesible consiste en cartas y documentos referentes a su amigo Auden. Llaman la atención unas fichas de trabajo redactadas a maquina en las que recolectó los pensamientos contenidos en su poesía. Una de ellas contiene simplemente dos versos del poema funerario en memoria de Yeats:

All the instruments do agree / The day of his death was a dark cold day (“Todos los instrumentos están de acuerdo / El día de su muerte fue oscuro y frío”)

Ésta debe ser sin duda la verdadera esencia de la filosofía poética. El hombre que compuso la letra del himno de las Naciones Unidas no creía que la poesía pudiese cambiar el mundo, pero al menos influyó en la mujer que quería entenderlo.

La cuarta

De A(rendt) a A(uden): otra de las notas recoge los líneas finales de Spain, el largo poema compuesto tras la estancia de Wystan en la España de 1937:

History to the defeated / May say alas but cannot help or pardon
(“Para el derrotado la Historia /Puede lamentarse, pero no puede ayudar ni perdonar”)

Hace años lo traduje entero y de una forma mediocre para una oscura revista literaria que ni siquiera sé si todavía se edita. Lo había leído por primera vez -la primera vez que leía a Auden- en un facsímil que reproducía la antología poética, con sus errores tipográficos originales, destinada a recaudar beneficios para la Cruz Roja en la España republicana. Desde aquel entonces nunca me abandonó ese estribillo que en el poema confronta todos los progresos del pasado (la abolición de hadas y gigantes, la ruta de la seda, la creencia en el valor absoluto de la Grecia clásica, las dinamos y la construcción de ferrocarriles a través del desierto colonial) con el terrible presente: but today the struggle.

Esta composición en concreto tenía un componente propio que la alejaba de la mera propaganda combativa o ideológica del momento, trascendía la guerra civil española para hablar de todos los conflictos en las que se recuerde un pasado mejor y un futuro que esté por venir. Lo que no impide que por sus referencias concretas:

Madrid is the Heart. Our moments of tenderness blossom/ As the ambulance and the sandbag

se haya incluido en la voluminosa Capital de la gloria. Poemas para la defensa de Madrid, publicada recientemente por la editorial Visor. En el libro se juntan los versificadores anónimos y militantes con el no menos militante bardo Alberti, que como todos los cantores de tribu sólo ensalza a los guerreros de su clan, el “poeta (comisario) del pueblo” Miguel Hernández y un Antonio Machado terminal. Y por supuesto las brigadas internacionales de la poesía, incluido el colega y compatriota de Auden, Stephen Spender.


Otra antología donde aparece Spain es Canción de cuna y otros poemas (Lumen) que recoge cronológicamente, y en edición bilingüe, las mejores obras del autor que dicen que influyó tanto en pasadas generaciones de poetas españoles. Y que por esa misma razón había sido tan poco traducido hasta ahora a nuestro idioma.

Fértil relación entre A y A. Bien que me gustaría leer alguna obra que profundizase en estos dos miembros del pequeño exilio intelectual europeo en Norteamérica.

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25 Julio 2006

Cementerio de elefantes

Existe una interrogación retórico-poética que es posible que todo el mundo haya escuchado al menos una vez.

¿Adónde van las palabras de un libro cuando nadie las lee?

Respuesta: francamente, no lo sé. Pero hay otra pregunta que recientement me ha llamado más la atención.

¿Adónde van los libros cuando nadie los lee?

Respuesta: a un enorme almacen a las afueras de Madrid donde acumulan polvo hasta el día del juicio final.

Bueno, seamos serios, el recinto en sí funciona como almacen de distribución de la materia así llamada libro. Entre la imprenta que lo produce (por encargo de una editorial) y la librería que lo pone a la venta existe un paso intermedio, la distribución, en el que el libro aguarda impaciente en este almacen a que alguien lo mueva en dirección a las mesas de novedades y los escaparates.

También a las estanterías de fondo, pero eso es algo cada vez menos común. A veces incluso sucede que un librero infatigable realiza un pedido a cargo de un cliente (o lector) inquebrantable que necesita ese libro en concreto.

Pero por lo general, y pasado algún tiempo, los libros se almacenan como stock poco menos que invendible. Como chorizos en una república de vegetarianos. O azucar en el país de la diabetes. No somos suficientes lectores y tampoco gozamos de tragaderas suficientes para todo lo que se publica.

La mayor parte del recinto -18.000 metros cuadrados, 15 millones de libros- se dedica a servir de cámara mortuoria hasta que llega la hora de liquidar: liquidación por saldo (entonces se llenan las mesas de ofertas de El Corte Inglés y VIPS) o liquidación literal, con la guillotina y la trituradora en marcha.

Baldas y paléts hay que contienen volumenes con más de veinte años de antigüedad: títulos olvidables o rescatables, autores consagrados, primerizos casi anónimos, temáticas obsoletas o textos que simplemente "no funcionaron". Si tales libros no se destruyen antes es porque sale más barato seguir pagando el alquiler del espacio que ocupan que moverlos a otro lado, aunque sea al vertedero.

Hasta que alguien hace cuentas.

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29 Marzo 2006

La Rueda de Libros de Agostino Ramelli

Antecedente del moderno e-book, precursor del hipertexto, jueguete aparatoso, ejemplo de la humana inventiva, para saber de su origen puede leerse aquí y más extensamente aquí.

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28 Enero 2006

La formacion literaria de Jon Juaristi

Recien publicadas las memorias del filólogo, ensayista y poeta Jon Juaristi (Cambio de destino, editorial Seix Barral) comienzo a leerlas con gusto. Alguna reseña completa aquí mismo, un día de estos.

En lo que se refiere al género de ensayo, es mi autor preferido, una auténtica fuente de cultura y de nuevas referencias para descubir en cada página suya. Ya dejó escrito en otra parte que "estoy podrido de literatura por dentro". Puede estar explicando el origen de la construcción de la mitología sármata y conducirte a una obra tan apasionante y entretenida como es Mar Negro. Cuna de civilización y barbarie, de Neal Ascherson. O como en el caso de este nuevo libro, una rememoración de sus vacaciones infantiles en el campo te ofrece la posibilidad de conocer, casi como una nota al margen, la interesante teoría de que los montes que rodean el País Vasco fuesen repoblados en el siglo XVII con moriscos deportados tras la rebelión de la Alpujarras.

Eso sin olvidar un sentido del humor irónico que es la salsa de muchos de sus poemas y recorre todos sus escritos, especialmente aquellos que dan respuesta a lo peor del necionalismo de boina atornillada.

Siguiendo con su infancia, y puesto que como lector comeclavos lo mio son los libros y fetichismos similares, incluyo aquí una parrafada autobiográfica respecto a cómo y dónde empezó a afionarse por el veneno de las letras este bilbaino neto, a quien Yahveh guarde muchos años:

Cuando entré en San Nicolas, ya sabía leer. Mi tía Tere afirma que, con poco más de dos años, yo leía sin aparente dificultad los rótulos de las tiendas. Sospecho que exagera, pero es cierto que, gracias en parte a ella y, desde luego, a aitite [abuelito] José, aprendía muy tempranamente a deletrear. Ellos se turnaban para recogerme a la salida del colegio. Si no llovía, mi abuelo me llevaba a pasear por el Arenal o, subiendo por la calle de los Fueros, entrábamos a la Plaza Nueva a través de un pequeño callejón que llevaba el nombre de José María Juaristi, el hermano carlista de aitite Pablo, Caballero de la Legitimidad Proscrita y Martir de la Tradición. El primer Ayuntamiento de la democracia cambió está denominación por la de Cueva de Satimamiñe (un yacimiento paleolítico, con pinturas rupestres, cerca de Guernica: a tradicionalismo nadie le gana al PNV). (...) Una vez en la plaza, bajo los soportales, mi abuelo hacía una breve parada en el estanco para abastecerse de tabaco y papel de fumar y nos dirigíamos después al Café Bilbao, sito en una de las esquinas, donde hacíamos tiempo en espera de la hora del almuerzo. Los día de sol nos sentábamos en alguno de los bancos, junto a los macizos de hortensias y trinitarias. Aitite José sacaba del bolsillo de la chaqueta un libro de portada amarillenta, uno cualquiera de los títulos de la Colección Universal de Calpe, y leía en voz alta unos párrafos. Comenzó haciéndolo con algunas cosas de Dickens (Canción de Navidad, La pequeña Dorrit, El grillo del hogar). Cuando estuvo seguro de que yo entendía las lecturas, se atrevió a leerme, en varias sesiones, las narraciones completas. Después de Dickens vino Mark Twain; luego Stevenson. A menudo nos quedábamos solos, en casa, tras la sobremesa. En silencio, sentados ambos a la mesa del comedor, le veía arreglar las boquillas de caña del oboe con un cortaplumas y un carrete de finísimo hilo rojo. Cuando terminaba, sacaba del estante El libro del amigo, de Anatole France, y reanudaba la lectura donde la había interrumpido la última vez. Me leyó también la primera pieza unamuniana de mi vida, el cuento titulado “Las tribulaciones de Susín”, y como la acción del mismo se desarrollaba en el Parque de Bilbao, el mismo Parque al que íbamos a pasear los domingos, tuve la súbita relación de que la literatura y la vida no estaban totalmente separadas

(...)

Solo muchos años después –cuando había rebasado yo mis diez u once años- empezó a ponerme en las manos libros de su biblioteca: novelas, muchas novelas. Aitite José no era un aficionado a la poesía. Fuera de algunos poemas metafísicos de Unamuno y de unos pocos de Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Amado Nervo que debían gustarle por su musicalidad, no le oí recitar nada. Entre sus libros tenía algunos de poetas bilbaínos amigos suyos, dedicados, y varios poemarios de Ramón de Basterra. Nunca me recomendó abrirlos. En cambió, me orientó hacia los novelistas rusos e ingleses del XIX. De los franceses, no conocía gran cosa si le sacaban de Balzac y Anatole France. Adoraba a Galdós y a Unamuno y, cosa rara en un republicano, detestaba a Blasco Ibáñez, que, sin embargo (y también de modo incongruente), era un autor frecuentado por mi otro abuelo, el católico nacionalista.

En la cartera, su abuelo (el buen lector) llevaba siempre un librito con máximas de Epicteto

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2 Enero 2006

Más autobuses y libros

Si lo del bibliometro de Madrid comentado antes es algo reciente, el bibliobus es un invento realmente "antiguo" como se ve en esta foto de 1958 tomada de aquí). Haciendo memoria, mi primera experiencia con los libros públicos fue precisamente gracias a uno de ellos (más moderno, claro). Difusión de la cultura y tal.

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12 Diciembre 2005

Visita a una librería

Rescatado desde mi antigua página de lecturas

Holland House en Kensington, Londres. 1940. Una antigua mansión y parque, cuyos aristócratas propietarios convirtieron en lugar de reunión y tertulia de gente como Dickens, Byron, o Walter Scott. Muy celebrada también por su biblioteca, esta misma que se ve en la imagen, que sobrevivió a uno de los más furiosos bombardeos sufridos por la ciudad durante la guerra. Aunque con el tiempo el edificio tuvo que ser demolido, todavía hubo personas que se pudieron permitir hojear y ojear tranquilamente algunos ejemplares.

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10 Diciembre 2005

Definición de libro (divúlguese)

Codex Miscellaneus (Siglo XI. Traducción del profesor Díaz y Díaz):

El libro es lumbre del corazón;
espejo del cuerpo;
confusión de vicios;
corona de prudentes;
diadema de sabios;
honra de doctores;
vaso lleno de sabiduría;
compañero de viaje;
criado fiel;
huerto lleno de frutos;
revelador de arcanos;
aclarador de oscuridades;
preguntado, responde;
y mandado, anda deprisa;
llamado acude presto
y obedece con facilidad.

Tiene casi mil años y se trata de la más abstracta y más perfecta (además de poética) descripción vista hasta ahora. Porque se refiere a la funcionalidad del libro en sí.

Si uno se fija bien en la parte resaltada, no se indica que este tal libro posea hojas de pergamino o papel, o que esté escrito en ideogramas o con tinta electrónica. Ni cuál es su tamaño adecuado, ni si debería estar encuadernado en cuero o cartón. El libro perfecto no debería existir: entiendase, no debería poseer forma alguna.

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