Categoría: Releídos
5 Enero 2007
¡Comprad, comprad, malditos!
Érase una vez un creativo publicitario que trabajaba para una agencia del ramo haciendo feliz a gente a la que obligaba a comprar cosas que no necesitaban con un dinero que tampoco tenían. El publicista en cambio sí tenía dinero gracias a todos esos pobres desgraciados que se mataban por conseguir lo que él promocionaba a base de agitar sus glándulas cerebrales, puro hipnotismo moderno, oiga. Hasta que un día lo dejó.
¿Como fue? ¿Le entró un ataque de conciencia? ¿Un exceso de cocaína tras su última inspiración creativa? ¿O todo junto y algo más? Como fuere, así comienzan las crónicas del publicista rebelde que decide destripar uno tras otro todos los trucos del oficio ("escribo este libro para que me echen del trabajo") en una novela bastante autobiográfica, divertida e histérica, con un argumento contado a golpe de frases cortas e impactantes cual esloganes publicitarios: es además la única novela conocida que inserta pausas para la publicidad entre capítulos. Quizá el final de la histriónica trama sea un poco surrealista, pero todo lo demás, hasta llegar a la culminación en el Festival Publicitario de Cannes (¿alguien creía que allí viven sólo del cine todo el año?) es sarcástico, rocambolesco y cierto. Bueno, tan cierto como un anuncio de la tele. Mientras se lo crean, ¿que más da? Escuchemos al especialista:
Yo decreto lo que es Auténtico, lo que es Hermoso, lo que esta Bien. Elijo a las modelos que dentro de seis meses, os la pondrán dura. A fuerza de verlas retratadas, las bautizáis como top-models; mis jovencitas traumatizarán a cualquier mujer que tenga más de catorce años. Idolatráis lo que yo elijo. Este invierno se llevarán los senos mas altos que los hombros y el chochito rasurado. Cuanto más juego con vuestro subconsciente, más me obedecéis. Si canto las excelencias de un yogur en las paredes de vuestra ciudad, os garantizo que acabareis comprándolo. Creéis que gozáis de libre albedrío, pero el día menos pensado reconoceréis mi producto en la sección de un supermercado, y lo compraréis, así, sólo para probarlo, creedme, conozco mi trabajo.
Y aún hay quien piensa que en la sociedad de consumo existen cosas que son necesarias porque son útiles, y no porque te lavan el cerebro cada mañana, además del cabello, para hacerte creer que son necesarias. Una buena relectura por lo demás: recuerdo haber comprado el libro el primer día del año 2001, nada más entrar en vigor la nueva moneda europea. Nunca menciono lo que vale un libro (como no sea para discutir el precio fijo por ley vigente en España), pero por una vez hará una excepción. 13´99 euros cuesta 13´99 euros: el título es susceptible de cambios debido a la inflación económica.
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9 Noviembre 2006
Manual del buen pesimista

Esta novela comienza con el protagonista en su primer día de clase, mientras espera a que abran las puertas de la Facultad de Medicina de Madrid. Cuando leí aquellos párrafos iniciales por primera vez, hace una década, me encontraba en las mismas circunstancias, pero en un tren de cercanías camino de la universidad para estudiar otra carrera. Un trayecto diario de una hora con el que estrené la costumbre de los días perdidos leyendo en los transportes públicos.
El personaje de Andrés Hurtado, sin embargo, acabó sus estudios antes que yo. A las cincuenta páginas ya se dedica, como medico interino, a conocer todo lo malo y lo peor del género humano a través del hospital público, el sanatorio de sifilíticas o el consultorio de una partera-abortera, así como a atiborrarse de filosofía alemana y novela rusa (traducida del francés). Si a eso unimos como punto de partida la bronca relación con su familia -excepto con su hermano pequeño al que adora- y la propia experiencia de la carrera universitaria, con un conjunto de profesores fatuos e incompetentes, es comprensible que el protagonista se forje como un pesimista antropológico. Por algo termina diciendo que:
...yo no creo como Calderón, que el delito mayor del hombre sea el haber nacido. Eso me parece una tontería poética. El delito mayor del hombre es hacer nacer.
Y además con razón. Cuando Hurtado sienta plaza como médico rural en el pueblo de Alcolea, un lugar de “costumbres españolas puras”, es decir “de un absurdo completo”, los escenarios y las actitudes cerriles de los habitantes retratados son dignas de la España negra pintada por Solana.
De vuelta a Madrid ("siempre en este Madrid la misma interinidad, la misma angustia hecha crónica, la misma vida sin vida, todo igual") se convertirá en un individualista feroz, que reniega de cualquier grupo o rebaño. Lo dice bien claro: En España, en general, no se paga el trabajo sino la sumisión. O sea que hablamos de un personaje sospechoso. Hoy se diría que de él que es una persona políticamente incorrecta. He aquí al héroe barojiano urbano: Zalacaín, el aventurero, sería su equivalente campestre, menos intelectual pero igual de independiente.
Las descripciones de ambientes malsanos (prosaicamente, científicamente, malsanos y corruptos, nada de lirismos decadentes) son lo mejor del relato junto a la diversidad de personajes que entran y salen de escena, pintados con cuatro trazos efectivos: la mayoría, una colección de verdaderos idiotas y cretinos sociales a los que dan ganas de cruzarle la cara de dos guantazos. Y ese es a veces el impulso del protagonista. Solo un alma gemela, Lulú, mujer cerebral y a la que también le importa bien poco "el que diran" el resto de la gente, estará a su lado.
El único escollo de la lectura es el que se encuentra a mitad de la novela, durante la mayoría de la cuarta parte del libro, titulada “Inquisiciones”: un largo diálogo filosófico de Hurtado con su tío Iturrioz, otro personaje que no se pinta con rasgos negativos. Más bien se trata de un embrollo conceptual lleno de niebla ideológica nietzschiana, que da pie para arremeter contra la cultura semita y su derivado más directo, el catolicismo. Hay mejores ejemplos anticlericales en otros segmentos del libro. Sólo una vez leí entero este capítulo y cada relectura posterior se me hace imposible, prueba personal de que cuanto más conoces una novela puedes prescindir sin prejuicios de aquello que sobre en el texto.
No es un libro que enseñe a ser mejores personas, sino a no convertirnos en imbeciles. Definitivamente una relectura de un clásico en una edición clásica, la que lleva esa cubierta diseñada por Daniel Gil que utiliza una fotografía del mismo Baroja. Una historia más personal y autobiográfica (para Baroja, para mí) ya creo que es imposible.
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6 Noviembre 2006
Campamento de verano medieval

Rudolf Heftling es un chaval holandés de hoy día que viaja, gracias a una máquina del tiempo, hasta la Europa de comienzos del siglo XIII. Allí, como buen viajero temporal que es, se queda atrapado sin posibilidad aparente de retorno y rodeado por una sociedad atrasada compuesta de crédulos palurdos, supersticiosos y gentes ignorantes de las bondades higiénicas del jabón y el estropajo además de otras comodidades modernas...
Que conste que el resumen del argumento que acabo de dar me ha venido a la cabeza al empezar a buscar referentes sobre el mismo tema. Éste creo yo que debió empezar con el yanqui en la corte artúrica de Mark Twain, pero sobre todo se ha visto más a menudo en el cine. Pon una cinta de hip-hop a todo volumen y ya verás como menea el esqueleto la alta nobleza borgoñona en el banquete del rey.
Sin embargo, esta novela deja de lado sin problemas cualquier tópico al uso. El protagonista, convertido en el noble Rudolf de Ámsterdam, participa de unos de los hechos más extraños ocurridos en la época en que ha caído: la Cruzada Infantil, que desde Alemania partió a liberar Jerusalén con la sola fuerza de la inocencia de los miles de niños que la componían. Es aquí donde la decisión de Rudolf y sus capacidades intelectuales (llega hasta el extremo de “inventar” la pólvora), combinados con el coraje y las habilidades manuales de los niños de la época, huérfanos e hijos siervos casi todos, permitirán que la expedición no acabe en un desastre total.
De paso, nuestro chico del siglo XX se educará en los habituales valores de amistad y compañerismo y lealtad inherentes en ciertas novelas juveniles, y que parecían más firmes y habituales en aquellos tiempos medievales. A su vez, los jóvenes cruzados aprenderán acerca de la libertad y la capacidad de decidir por sí mismos, independientemente de la división en estamentos o de lo que piense Dios allá en su trono.
La novela satisface las necesidades de aventura que uno busca en este tipo de libros. La larga marcha hasta alcanzar el Mediterráneo de diez mil niños y niñas a través de los pasos alpinos repletos de osos, lobos y rapaces señores feudales no es algo que se describa muy a menudo en los libros de Historia.
En el fondo, todo moderno espíritu infantil con inquietudes, desde Guillermo Brown para acá, ha querido ser líder de un grupo, de una banda, de una pandilla. O, como mínimo, el organizador, el chico de las ideas, el que sabe en qué y para qué sirven las aptitudes de los demás miembros. O sea, un líder con otras palabras. Así, del lado de Rudolf de Ámsterdam podemos comprobar cómo se “manda” un auténtico ejército organizado en cazadores y pescadores, enfermeros, y el equipo de seguridad (milicia) habitual.
Con esta esta relectura volví a descubrir un buen clásico. El mejor elogio es que su valor ha sabido conservarse con el tiempo.
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23 Octubre 2006
Donde empezó todo

Primera novela de quien en aquel tiempo era el ya maduro poeta y ensayista Auster (si exceptuamos Jugada de presión, que publicó bajo pseudónimo). Primera historia de Auster que leí, mucho antes que la propia novela original que es adaptada aquí. Este relato en viñetas apareció en español hace casi diez años editado por La Cúpula . Y la impresión que me deja sigue siendo la misma: sublime obra.
Ciudad de cristal (La ciudad de cristal, antes de que Jorge Herralde le echase el guante) se dividía en tres números: “La torre de Babel”, “La busqueda de Quinn”, y “Paul Auster encuentra a Paul Auster”.
Leí los tres seguidos en una gran librería bien surtida de cómics del centro de la ciudad que utilicé como biblioteca para profundizar en este género literario del que precisamente carecían las bibliotecas públicas. Además era más cómodo que hojear libros.
De Auster conocía nada más que un extracto suyo de la misma obra, un párrafo que aparecía en El arte de la ficción, de David Lodge y que ilustraba la obsesiva investigación que el personaje de Stillman realiza en torno a Babel y la Caída, así como la búsqueda del lenguaje perfecto:

La primera tarea de Adán en el Edén había sido la de inventar el lenguaje, darle su nombre a cada criatura y a cada cosa. En ese estado de inocencia, su lengua había ido directa al meollo del asunto. Sus palabras no habían sido simplemente adosadas a las cosas que veía, sino que habían revelado sus esencias, las habían traído literalmente a la vida. Una cosa y su nombre eran intercambiables. Tras la caída, eso ya no era cierto. Los nombres se alejaron de las cosas; las palabras se convirtieron en una colección de signos arbitrarios; el lenguaje se había apartado de Dios. La historia del Paraíso, a partir de entonces, no solo narra la caída del hombre, sino también la caída del lenguaje.
Sintetizaba a la perfección el espíritu de la obra. Y era tan poderosa que podría haber ido a buscar directamente la novela, pero llegué antes a los cómics. Desde entonces nunca abandoné a Auster. Ni siquiera anteayer, por lo que sirva esta reseña como compensación, ya que realicé la lectura el mismo día que le comunicaron que había sido galardonado con el premio .
En todo caso, una magnífica adaptación, que capta el sentido de la historia y lo retraduce a través de su propio lenguaje visual. Que menos. Una pequeña joya del cada vez mejor considerado género de la novela gráfica. Y respecto a esto último resultan muy convenientes las primeras páginas del prologo de Art Spiegelman que acompaña la edición.
Coda: Comentarios de especialista a un advenedizo.
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3 Octubre 2006
Aunque el primer volumen de esta obra ya fue comentado, no quería desaprovechar la ocasión de hacer una nueva relectura acompañada de los dos libros siguientes. Vengán acá:
Si esto es un hombre

No es una crónica del exterminio planificado, pero sí lo es de la esclavitud. Por miles trabajaron en el complejo industrial formado por el campo de Auschwitz (hoy Oswiecim) y la red de satélites en torno suyo. Hornos y cámaras de gas se encontraban en Birkenau; en Monowitz, donde se centran los hechos de este libro, los presos se afanaban en una factoría adyacente que siguió funcionando después de la guerra. En un sitio fabricaban muerte y en otro goma sintética, pero las miserias y sufrimientos eran parecidos.
Fue en Monowitz donde el autor sufrió un año entero de trabajos forzados. Dos inviernos bajo el riesgo de morir debido a las pésimas condiciones de vida (clima, enfermedad, alimentación, feroz trabajo manual) y, a veces, las esporádicas selecciones administrativas que apartaban a los todavía productivos de los que iban derechos al gas.
De todo aquella experiencia sale un testimonio casi inmediato, publicado a los dos años de la liberación de Primo Levi. Es un texto de leve amargura, pero que carece de rencor personal contra los verdugos y del victimismo agresivo que se estila hoy día. Es decir, que su edición no sería subvencionada por la FAES.
En cambio es descriptivo y detallista acerca de los múltiples aspectos de la vida rutinaria en el lager. Junto a un relato personal sobre sus vicisitudes (la parte mas conmovedora sería el diario de los diez últimos días en el campo, ya abandonado por sus vigilantes, en el que todo antiguo orden se desmorona) el autor levanta acta notarial sobre hechos que acontecen y de los que debe ser el lector juez.
Es el testimonio pasado limpio de un observador dotado con el más humano de los espíritus científicos y una prosa firme que no se anda por las ramas; de un químico que repara en los charcos de lluvia contaminados por el petróleo y siente en verdad el aire intoxicado que se le mete por los pulmones; de un economista improvisado que nos muestra el sistema de comercio entre los prisioneros basado en la cotización de las rebanadas de pan como moneda de cambio para obtener bienes y servicios; de un judío laico que introduce metáforas bíblicas y les otorga un nuevo valor literario (como esa Torre del Carburo levantada con mano esclava cuyos ladrillos han sido llamados Ziegel, briques, tegula, cegli, kamenny, bricks, téglak, y el odio los ha cimentado; el odio y la discordia, como la Torre de Babel); de un sociólogo que recalca el hecho de que en la sociedad concentracionaria los peores carceleros son los propios prisioneros que en aquella confusión de lenguas y nacionalidades luchan por un puñado de privilegios, un litro más de sopa, una hora menos de trabajo, un día más con vida.
Y por último, tenemos a un lingüista en pleno trabajo de campo (y no es un juego de palabras) que intuye que el don de la palabra se iba transformando en algo terrible y degenerado:
Decimos “hambre”, decimos “cansancio”, “miedo”, “dolor”, decimos “invierno”, y son otras cosas. Son palabras libres, creadas y empleadas por hombres libres que vivían, gozando y sufriendo, en sus casas. Si el Lager hubiese durado más, un nuevo lenguaje áspero habría nacido.
...si es que no había nacido ya, tal como indica unas páginas más adelante:
¿Sabéis cómo se dice “nunca” en la jerga del campo? Morgen früh, mañana por la mañana.
La tregua
No parecía haber un día siguiente, pero Levi tuvo suerte de que no fuera así.
La tregua viene a responder al tan común “¿y que pasó a continuación?” de toda buena narración cuando se vuelve la última página. Con el añadido del componente real, por supuesto: todo ocurrió de verdad. Cómo no hará esto más intensa la lectura.
Y como toda buena historia de viajes (sobre los raíles de Polonia, Ucrania, Rumania, Hungría, Austria, Alemania y, por fin, Italia) en ésta son numerosas las peripecias. Menos trágicas, incluso cómicas, aunque también la enfermedad, el hambre y la muerte acompañaron al autor a través de su recorrido por la Europa en ruinas de la inmediata posguerra.
El espacio breve fue el preferido de Primo Levi, que desarrolló a lo largo de su vida el cuento y el relato corto. Por eso si algo abunda en este libro son los perfiles de personajes secundarios y la multitud de brochazos y de anécdotas mínimas que protagonizan los componentes de la peculiar caravana de gitanos que se mueve de un campo de desplazados a otro según la órdenes de la desordenada administración soviética: pastores calabreses, abogados milaneses, soldados desmovilizados, obreros “voluntarios”, timadores romanos, partisanos triestinos y el pequeño grupo de judíos itálicos supervivientes, minoría entre minorías, tan poco judíos (un judío que no sabe hablar yídish, le recriminan en una estación de tren de Europa oriental, imposible) que en realidad son italianos.
Con todo a pesar de conservar para sí la esperanza de volver a casa y reintegrarse en la “normalidad”, el ingeniero Levi era lo suficientemente lúcido como para reconocer que ya nada sería igual, que el Lager no fue una anomalía monstruosa; que en realidad no era sino la confirmación de algo ya sabido por el también superviviente Mordo Nahum, griego y astuto como su compatriota Odiseo. Así, Mordo le recordará a Primo la verdad esencial: siempre estamos en guerra.
La tregua del título coincide entonces con un respiro entre guerra y guerra, una tregua en el orden mundial, durante el cual sólo el dolor de la nostalgia por regresar a casa fue más grande que el vacío en el estomago.
Del libro hay adaptación cinematográfica, no demasiado buena a pesar de contar con el siempre profesional John Turturro para interpretar el papel del propio Primo Levi... hablando en inglés y rodeado de actores italianos. De ahí el poco verismo que muestra la película, aunque no le falten decorados y escenografías solventes. Cómo va a ser realista si se observa a los compañeros de viaje del protagonista, al entorchado Ferrari o al contrabandista Cesare, puras estampas del carissimo amico y del regateo negociante, mover las manos y hacer gestos de una forma que es muy suya pero expresándose en una lengua que no lo es.
Los hundidos y los salvados

Este ensayo cierra (en el año 1986, poco antes de la muerte de Primo Levi) la trilogía involuntaria sobre Auschwitz. Involuntaria porque nada habría escrito si su autor no hubiese sido obligado a ir hasta allí, involuntaria también porque cuando redactó el primer volumen cuarenta años antes pensó que había dicho todo lo que tenía que decir.
Pero fue tanto lo que tenía que decir, incluso repitiéndose, que las opiniones y reflexiones aquí escritas de forma clara y lúcida vienen a ser una recapitulación final sobre todos los temas que fue tocando a lo largo de su vida literaria.
Y eran muchos: si los salvados, los privilegiados que sobrevivieron (incluido él mismo) merecían tal suerte y por qué les embargaba la vergüenza frente los que no lo hicieron, los hundidos; cuál es el valor de un intelectual antes, durante y después del cautiverio; qué papel jugaba la violencia en la vida del lager; cuáles han sido los diferentes tópicos que se han desarrollado a lo largo de los años sobre el universo concentracionario; y por qué los prisioneros no se rebelaron o escaparon, por qué no huyeron antes, antes de los campos, antes de la guerra, antes de la ascensión del fascismo.
El tema más personal y el que describe mejor todos sus años consagrados a la causa de relatar el genocidio nazi es sin duda el dedicado al intercambio de cartas con alemanes a raíz de la publicación en la lengua germana de Si esto es un hombre. Desde su traductor a gente que residió muy cerca de su lugar de cautiverio, pasando por las jóvenes generaciones que no sufrieron aquellos tiempos, todos despiertan la curiosidad del autor por saber si asumieron conscientemente la parte de culpa que les tocaba o si han vivido coherentemente con lo que pensaban entonces.
Queda a destacar el capítulo titulado “La zona gris” que inspiró en parte la película del mismo nombre, mejor realizada que la adaptación de La tregua. Y más intensa por incidir en un punto tan polémico como fue el de la actuación de los sonderkommandos, los grupos integrados por prisioneros judíos cuya cometido era conducir la carga humana de los trenes hacia las cámaras de gas y llevar luego sus restos a los hornos crematorios. Una tarea que realizaban durante un periodo de unos pocos meses hasta que eran sustituidos por otro nuevo grupo adiestrado, y cuya primera prueba consistía en deshacerse del anterior. Primo Levi siempre estuvo dispuesto a apelar a la honestidad de principios, por eso cobra mayor valor que resalte ese territorio gris ceniza del comportamiento humano en el que hombres aparentemente buenos son capaces de cometer a conciencia crímenes sin ninguna justificación contra sus semejantes. Y viceversa.
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26 Enero 2006
(Otro recuperado del viejo blog, esta vez siguiendo la conmemoracion del año anterior)
En el día de hoy

27 de enero, se cumple el 61 aniversario de la liberación de Auschwitz. Para introducirse en estos acontecimientos es recomendable la lectura de Si esto es un hombre; una obra que es algo más que un simple testimonio autobiográfico, el año de cautiverio de Primo Levi en el lager, ya que trasciende la anécdota para dar pie a una novela (es decir una ficción y una manipulación de sucesos) de excelente calidad.
Sobresalen episodios como aquel en el que el autor va enseñando oralmente fragmentos de la "Divina Comedia" a un joven prisionero, mientras ambos recorren el camino al trabajo; o aquel otro en el que nuestro protagonista, ingeniero químico de profesión, es examinado como ayudante de un laboratorio dentro del campo y consigue, en un desesperado esfuerzo, que vayan aflorando los elementos de la tabla periódica y las composiciones semidesterradas de su cabeza por las necesidades urgentes de procurarse comida y descanso.
Una lectura de prosa sencilla y un testimonio directo sobre aquella morada de fango y dolor, un verdadero crisol de culturas y lenguas reunidas en el peor momento y entre las que se entremezclaba ese extraño español sefardita que salía de boca de los deportados del gueto de Salónica. Puede que sea la personalidad mediterranea del escritor o su proverbial claridad, pero algo hay en su escritura que es ajeno al tremendismo que otros que no vivieron aquellos sucesos se empeñan en pintar con grandes palabras y gestos vehementes: el rotundo "Nunca más", por ejemplo. Mirando en derredor y viendo lo que hay, es un término que ha terminado por repetirse tanto que dadas las circunstancias ha perdido cualquier fuerza que en su momento pudiera tener.
El lector avanzado y sin miedo a las emociones fuertes puede ir directamente desde este libro a Los orígenes del totalitarismo: 580 páginas de pura investigación y bibliografía a cargo de Hannah Arendt sobre los caminos que llevarón a Auschwitz (y a tantos otros sitios) y cuya temática nunca dejará de estar ya de actualidad.
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