"Mademoiselle Fifi y otros cuentos de guerra", de Guy de Maupassant

El periodo de la guerra franco-prusiana de 1868-70, la derrota y la posterior invasión de Francia dio material a Guy de Maupassant, cuentista prolífico, morboso en ciertos aspectos de su escritura, irónico y bastante sarcástico en otros, para esta colección de relatos seleccionados por su temática bélica. Ahora bien, no hay que llamarse a engaño: batallas y combates es lo que menos abunda aquí, a excepción del cuento Recuerdo, en el que se describe la desesperada retirada de un pelotón en medio de la noche invernal.
De hecho, los profesionales de la guerra salen muy mal parados en general. Los húsares, la elite de la caballería imperial, una casta que mira por encima del hombro a los civiles, protagonizan historias como La cama 29 y Los Reyes. En ellas su “caballerosidad” hacia las mujeres (la seducción del otro sexo como una conquista de la que presumir) se contempla de forma diferente a través de la ácida mirada del escritor, quien muestra a unos oficiales más preocupados por el pavoneo y la galantería que por ganar la guerra.
Un tema paralelo al de la guerra es el de la prostitución (Mademoiselle Fifi, de nuevo La cama 29 y Bola de sebo, este último un clásico de literatura, cuyo eco llegó hasta otro como es La Diligencia, de John Ford). Las mujeres demuestran aquí mas dignidad y entereza que sus bien asentados y respetables compatriotas burgueses, capaces de hablar por la boca pequeña de valor y valores frente al enemigo sin arriesgar nada.
Sólo otro grupo de personajes es igual de digno a la hora de hacer frente al invasor: los campesinos normandos de la zona ocupada. Esta gente, rural y brutal, armada con sus aperos de labranza y sus tácticas para cazar alimañas resultan más peligrosos que el ejército regular o los milicianos. Dueños de un vocabulario rústico (que la traducción española sigue bastante fielmente) son los protagonistas de relatos como El viejo Milon, La abuela Sauvage, y San Antonio.
También se dan casos en que la gente común, los reservistas, como los pescadores de caña protagonistas de Dos amigos, se convierten en héroes mártires a su pesar.
En Golpe de Estado se cuenta como el vacío de poder que deja la caída del II Imperio tiene su representación en un villorrio francés, en el que el médico local, republicano y petulante jefe de la milicia intenta arrebatarle el mando al alcalde del anterior régimen en una sucesión de escenas dignas de ser rodadas por Luis García Berlanga.
Tombuctú y Mohammed el Golfo: cuentos de truhanes de guerra.
A pesar de todo el sarcasmo que Maupassant vuelca hacia Francia, ya sea imperial o republicana, y hacia los franceses, tan pésimos defensores de su patria, la verdadera bestia negra es el ejército prusiano. Especialmente sus oficiales, caricaturas del germano cabezacuadrada, fanático, sádico y cruel por diversión. Y no es que esta casta haya sido un excepción en los ejércitos que en el mundo han habido y habrán, pero desde luego ninguna otra representa mejor (en relatos como La loca o Un duelo) el prototipo de huno que la propaganda se encargaría de magnificar. Sólo en un caso aquí, el de La aventura de Walter Schnaff, Maupassant decide colocar como protagonista al soldado alemán que da nombre a la historia. Es este un hombretón al que disgusta la guerra y que, una vez separado de su ejército, hará todo lo posible por encontrar la seguridad entregándose como prisionero a los franceses. Aunque estos no quieran. Se trata de una anécdota que se asemeja a otra muy similar que conforma el núcleo de La sombra del águila de Arturo Pérez Reverte, lector reconocido de los clásico decimonónicos.
