La Coctelera

Comeclavos

Apodado también dientes largos y ojo de satán y lord high life y sultán de los tosedores y cabeza hendida y pies negros y chistera y bey de los mentirosos y palabra de honor y casi abogado y embarullador de procesos y médico de lavativas...

1 Enero 2006

Leer en el autobus

Noticia sobre la distribución de 240.000 libros a través de los autobuses urbanos de Málaga, Granada y Córdoba. La idea es del poeta y editor Miguel Ángel Arcas. Son cuentos de autores reconocidos, seguramente ya publicados, pero en todo caso un buen negocio para el editor: se trata de un producto (el cuento) que se vende mal en la librerías. Para dar barniz cultural a la iniciativa se explica que pretende fomentar la lectura entre los pasajeros y, de paso, mejorar las condiciones de uso del transporte público...

Digamos que en el autobús leerán los que ya leen y se dejaron la segunda parte de El Codigo Da Vinci olvidada en casa. En cuanto “a mejorar las condiciones”, para mi no hay condiciones mejores que las que el transporte llegue a su hora y no esté a rebosar de pasajeros porque era el único que circulaba en los últimos veinte minutos. De poner buena literatura ya me encargo yo.

También se dice que “adquirir uno de estos cuadernos es tan fácil como solicitarlo al conductor del autobús”. Tranquila vida es la de provincias, en la que los autobuseros pueden ejercer de libreros y conductores a la vez y tienen tiempo en las paradas de despachar ejemplares mientras pican billete. El usuario medio del transporte madrileño pone cara de escéptico y se imagina la situación en el autobús nº 27, la “línea de los carteristas”. Recorre de arriba abajo el eje del Paseo de la Castellana y es una de esas orugas de dos segmentos en los que se meten 70 personas (y algunas más apretando). Difícil lo veo para el sufrido conductor. Más practico será un dispensador automático, aunque entonces la pregunta crucial es: ¿dónde se atornilla algo así?

Elitismos de lector comeclavos aparte, hay otras cosas que llaman la atención de la noticia. Según dice el padre de la idea:

El tiempo que se puede perder en un viaje urbano de autobús es un tiempo psicológicamente muerto. Vas de un sitio a otro, en una ciudad que conoces, las mismas calles, el mismo paisaje de siempre, una rutina. Leer un cuento en el autobús es como romper ese tiempo dormido.

Un poco topicazo en su lirismo, y no puedo dejar de acordarme de otro poeta, Roger Wolfe, y de su Días perdidos en los transportes públicos. Ya sabemos que la poesía tiene menos salida que el cuento, pero ¿distribuirían a Wolfe aunque solo fuera por el título?

A día de hoy, el bibliometro tiene más posibilidades para una ciudad larvada y agujereada como esta: tengo en préstamo un ejemplar totalmente nuevo de La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin para comprobarlo.

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