La formacion literaria de Jon Juaristi

Recien publicadas las memorias del filólogo, ensayista y poeta Jon Juaristi (Cambio de destino, editorial Seix Barral) comienzo a leerlas con gusto. Alguna reseña completa aquí mismo, un día de estos.
En lo que se refiere al género de ensayo, es mi autor preferido, una auténtica fuente de cultura y de nuevas referencias para descubir en cada página suya. Ya dejó escrito en otra parte que "estoy podrido de literatura por dentro". Puede estar explicando el origen de la construcción de la mitología sármata y conducirte a una obra tan apasionante y entretenida como es Mar Negro. Cuna de civilización y barbarie, de Neal Ascherson. O como en el caso de este nuevo libro, una rememoración de sus vacaciones infantiles en el campo te ofrece la posibilidad de conocer, casi como una nota al margen, la interesante teoría de que los montes que rodean el País Vasco fuesen repoblados en el siglo XVII con moriscos deportados tras la rebelión de la Alpujarras.
Eso sin olvidar un sentido del humor irónico que es la salsa de muchos de sus poemas y recorre todos sus escritos, especialmente aquellos que dan respuesta a lo peor del necionalismo de boina atornillada.
Siguiendo con su infancia, y puesto que como lector comeclavos lo mio son los libros y fetichismos similares, incluyo aquí una parrafada autobiográfica respecto a cómo y dónde empezó a afionarse por el veneno de las letras este bilbaino neto, a quien Yahveh guarde muchos años:
Cuando entré en San Nicolas, ya sabía leer. Mi tía Tere afirma que, con poco más de dos años, yo leía sin aparente dificultad los rótulos de las tiendas. Sospecho que exagera, pero es cierto que, gracias en parte a ella y, desde luego, a aitite [abuelito] José, aprendía muy tempranamente a deletrear. Ellos se turnaban para recogerme a la salida del colegio. Si no llovía, mi abuelo me llevaba a pasear por el Arenal o, subiendo por la calle de los Fueros, entrábamos a la Plaza Nueva a través de un pequeño callejón que llevaba el nombre de José María Juaristi, el hermano carlista de aitite Pablo, Caballero de la Legitimidad Proscrita y Martir de la Tradición. El primer Ayuntamiento de la democracia cambió está denominación por la de Cueva de Satimamiñe (un yacimiento paleolítico, con pinturas rupestres, cerca de Guernica: a tradicionalismo nadie le gana al PNV). (...) Una vez en la plaza, bajo los soportales, mi abuelo hacía una breve parada en el estanco para abastecerse de tabaco y papel de fumar y nos dirigíamos después al Café Bilbao, sito en una de las esquinas, donde hacíamos tiempo en espera de la hora del almuerzo. Los día de sol nos sentábamos en alguno de los bancos, junto a los macizos de hortensias y trinitarias. Aitite José sacaba del bolsillo de la chaqueta un libro de portada amarillenta, uno cualquiera de los títulos de la Colección Universal de Calpe, y leía en voz alta unos párrafos. Comenzó haciéndolo con algunas cosas de Dickens (Canción de Navidad, La pequeña Dorrit, El grillo del hogar). Cuando estuvo seguro de que yo entendía las lecturas, se atrevió a leerme, en varias sesiones, las narraciones completas. Después de Dickens vino Mark Twain; luego Stevenson. A menudo nos quedábamos solos, en casa, tras la sobremesa. En silencio, sentados ambos a la mesa del comedor, le veía arreglar las boquillas de caña del oboe con un cortaplumas y un carrete de finísimo hilo rojo. Cuando terminaba, sacaba del estante El libro del amigo, de Anatole France, y reanudaba la lectura donde la había interrumpido la última vez. Me leyó también la primera pieza unamuniana de mi vida, el cuento titulado “Las tribulaciones de Susín”, y como la acción del mismo se desarrollaba en el Parque de Bilbao, el mismo Parque al que íbamos a pasear los domingos, tuve la súbita relación de que la literatura y la vida no estaban totalmente separadas
(...)
Solo muchos años después –cuando había rebasado yo mis diez u once años- empezó a ponerme en las manos libros de su biblioteca: novelas, muchas novelas. Aitite José no era un aficionado a la poesía. Fuera de algunos poemas metafísicos de Unamuno y de unos pocos de Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Amado Nervo que debían gustarle por su musicalidad, no le oí recitar nada. Entre sus libros tenía algunos de poetas bilbaínos amigos suyos, dedicados, y varios poemarios de Ramón de Basterra. Nunca me recomendó abrirlos. En cambió, me orientó hacia los novelistas rusos e ingleses del XIX. De los franceses, no conocía gran cosa si le sacaban de Balzac y Anatole France. Adoraba a Galdós y a Unamuno y, cosa rara en un republicano, detestaba a Blasco Ibáñez, que, sin embargo (y también de modo incongruente), era un autor frecuentado por mi otro abuelo, el católico nacionalista.
En la cartera, su abuelo (el buen lector) llevaba siempre un librito con máximas de Epicteto
