La Coctelera

Comeclavos

Apodado también dientes largos y ojo de satán y lord high life y sultán de los tosedores y cabeza hendida y pies negros y chistera y bey de los mentirosos y palabra de honor y casi abogado y embarullador de procesos y médico de lavativas...

13 Marzo 2006

"La ley de la calle", de Susan E. Hinton

Los chicos del barrio


Hasta que el éxito de Harry Potter vino a romper la balanza, el subgénero de la literatura juvenil se hallaba en un equilibrio constante entre dos modalidades, casi tan típicas que resultaban tópicas, y que además eran resultado de una división falsa, más editorial y comercial que otra cosa. Pero viene bien recordarlas:

a) por un lado, un aglomerado de escapismo y fantasía, la evolución moderna del cuento de hadas, más Tolkien, los bestiarios y alguna que otra cosa añadida de la imaginación propia de cada autor: Todas las influencias que pudieran caber dentro de las páginas de La historia interminable de Ende, por ejemplo, la imaginación sin fronteras.

b) por otro, historias de la vida real desarrolladas en esa época difícil que es la adolescencia, el mejor invento del siglo XX una vez que los autores románticos le exprimieron todo el jugo al concepto de juventud durante el XIX. En medio de la urbanizada sociedad occidental de los últimos treinta años surgen hordas de chavales que son víctimas de incompresiones, divorcios y abandonos de los adultos, protagonizan huidas de casa, juegan a detectives de novela negra y se meten en asuntos sucios y problemas con los estupefacientes acompañados de moraleja (algo del tipo “niños, dejad el mundo de las drogas: somos muchos y ya hay pocas”). Quizás La ley de la calle, por el tiempo transcurrido desde que fue escrito y por su indiscutible calidad sea el gran clásico del subgénero (y que se fastidien Salinger y Kerouac).

Rusty James es un príncipe heredero, líder nato de una pandilla de estudiantes que en su tiempo formaron la sección junior de una antigua banda callejera (un auténtico grupo criminal como los descritos en el libro Gangs de Nueva York). Pero las bandas ya no existen, y todo por decisión de su hermano mayor, El Chico de la Moto (llamado así por su afición a robar una de vez en cuando para dar una vuelta por ahí hasta, digamos, el otro extremo del país). Las bandas eran algo divertido al principio, la gresca y la lucha por el territorio estaban bien, pero luego se hicieron aburridas para El Chico. Es este un personaje extraño, desconcertante y admirable a los ojos del adolescente Rusty James. No es como los adultos, el padre de ambos que ahoga su fracaso entre borracheras y lecturas, o los insufribles profesores y tutores de la escuela -el más patético, el entrenador deportivo que hace todo lo posible por “molar” tanto como Rusty.

Posiblemente su hermano sea el último joven y el último rebelde: de él ha aprendido todo lo que sabe, cosas como “medir distancias” y contar “adversarios y armas“ durante una lucha callejera, así como cultivar la inteligencia a base de leer libros y no solo la parte de atrás de los paquetes de cereales. Rusty envidia hasta el extraño defecto acromático que sufre su hermano en los ojos y le hace ver el mundo en blanco y negro, lleno de matices grisáceos. Pero nunca podrá igualarle porque ya no hay oportunidad para ello, el Rey dejará un sucesor pero ningún reino.

La novela se va desarrollando a lo largo de la extensa confesión que realiza Rusty a su amigo Steve (el empollón del grupo), muchos años después del tiempo de la historia. Toda ella está aderezada con un lenguaje coloquial y de jerga urbana que la traducción española hace que suene algo artificial: aunque desde luego nada comparable a los rebuznos lingüísticos que se oyen en algunas series juveniles de la televisión. Su estilo es breve, seco pero muy descriptivo, clave para mantener a esos jóvenes lectores que están a un paso o bien de leerse Los miserables en dos tomos, o de pasarse al Marca por siempre jamás.

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