"Voces de Chernóbil", de Svetlana Alexievich

En medio de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio: “Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto”.
No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado... El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Una calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín era porque ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaba, igual que sobre resina. Sofocaban las llamas y mientras él reptaba. Subía al reactor. Tiraban el grafito ardiendo con los pies... Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; los llamaron a un incendio normal...
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Él no quería ir al médico. “No noto nada. No me duele nada”. Y entretanto los ganglios linfáticos ya tenían el tamaño de un huevo de gallina. Le metí a la fuerza en un coche y lo llevé a la clínica. Lo mandaron al oncólogo. Un médico lo examinó, llamó a otro. “Mira, otro de Chernóbil”. Y ya no lo dejaron marchar.
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Ya había muerto, pero seguía caliente, caliente... No se lo podía tocar...Paré los relojes de la casa... Eran las siete de la mañana... En casa los relojes siguen parados hasta hoy, no se ponen en marcha. Los relojeros que hemos llamado se quedaban sin saber qué hacer:
“Esto no es un problema mecánico, ni físico, esto es metafísica”.
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Nunca he visto a tantos soldados…Los soldados lavaban los árboles, las casas, los tejados... Lavaban las vacas del koljós... Y yo pensaba: “¡Pobres animales del bosque! Nadie los lava. Se morirán todos. Tampoco el bosque nadie lo lava. Y también se morirá”.
La maestra nos dijo un día: “Dibujad la radiación”. Yo pinté como cae una lluvia amarilla. Y corre un río rojo...”
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Un país estalinista. Seguíamos siendo un país estalinista...En las instrucciones para situaciones de guerra nuclear se dice que, en caso de amenaza de un accidente nuclear, o de un ataque nuclear, es necesario aplicar de forma inmediata una profilaxis a base de yodo a toda la población. ¡En caso de amenaza! ¿Y qué es lo que teníamos aquí? Tres mil micro roentgen por hora... Pero lo que les preocupaba no era la gente, sino su poder... En un país donde lo importante no son los hombres sino el poder... La prioridad del Estado está fuera de toda duda. Y el valor de la vida humana se reduce a cero.
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Tengo una hermano pequeño. Le gusta jugar a “Chernóbil”. Construye un refugio, cubre de arena el reactor... O se viste de espantapájaros y corre detrás de la gente y los asusta: ¡O-o-o…! ¡Soy la radiación! O-o… ¡Soy la radiación!”Aún no había nacido cuando ocurrió aquello.
Un libro que pertenece a la serie de narraciones sobre grandes desastres industriales del mundo como Era medianoche en Bophal de Lapierre y Collins. La memoria histórica colectiva, el testimonio y el documento periodístico, géneros que maduraron con las primeras fabricas de la muerte en Auschwitz o Dachau, enlazan aquí con el corifeo griego; hay una voz popular que canta terribles males.
Testimonios puestos por escrito, de esos que forman parte del único tipo de acto “sobre el que no prevalece la negligencia de las constelaciones ni el murmullo eterno de los ríos: el acto mediante el cual el hombre le arranca algo a la muerte”.

Francisco Ortiz dijo
Terrible, terrible.
3 Mayo 2006 | 10:25 AM