"Ensayos de comprensión 1930-1954", de Hannah Arendt
Piezas breves

Es un volumen sacado de la biblioteca pública, así que voy saltando de fragmento en fragmento antes de devolver esta recopilación que contiene buena parte de los escritos inéditos de la filósofa politóloga pensadora germanoestadounidense,
Conferencias, textos de su diario filosófico, redacciones para revistas de pensamiento, para la prensa culta de masas o para publicaciones militantes de los exiliados judíos alemanes, incluso la trascripción de una entrevista concedida a la televisión alemana (occidental) conforman estos ensayos breves y enjundiosos, los más largos de no más de veinte páginas.
Inteligentes y claros en su prosa limpia, porque además son buena literatura. Es más, algunos textos son críticas literarias de libros contemporáneos, muchos sobre los temas del comunismo o el nazismo, afines a la autora de El origen del totalitarismo (también aquí se recoge un contracrítica escrita por ella sobre una crítica a dicha obra).
La calidad literaria y la capacidad crítica son toda una en un texto del año 1944 “Frank Kafka. Una reevaluación”. De él se deduce que como el escritor checo con sus relatos, también ella a través del ensayo buscaba un mundo liberado de todos los fantasmas sangrientos y hechizos criminales. Y su recomendación es buena, tan buena que a mi me anima a buscar y leer la trilogía formada por El proceso, El castillo y América.
Una rareza: oculta en una página solitaria se encuentra esta fábula singular que tiene como protagonista a Martín Heidegger. Conociendo un poco la relación entre Arendt y su antiguo maestro (a pesar de lo apostillado por Magda sobre el libro de la correspondencia entre A y H, aún sigo teniendo pendiente su lectura) y el tipo de pensamiento que mantenían, saque cada uno su propia conclusión:
Heidegger el zorro (julio de 1953)
Dice Heidegger todo orgulloso: “Las gentes dicen que este Heidegger es un zorro”. He aquí la verdadera historia del zorro de Heidegger.
Había una vez un zorro tan falto de astucia que no sólo caía en trampas constantemente, sino que ni siquiera podía percibir la diferencia entre una trampa y una no-trampa. Este zorro tenía además otro defecto; algo le pasaba en la piel, de suerte que carecía de toda protección natural contra las inclemencias de la vida zorruna. Tras haberse dejado toda su juventud de aquí para allá en las trampas de otros, y cuando ya no le quedaba, por así decirlo, ni un solo jirón de piel sana, el zorro resolvió retirarse por completo del mundo de los zorros y se aprestó a construirse una madriguera. En su espeluznante ignorancia acerca de las trampas y no-trampas, y dada su increíble familiaridad con las trampas, dio él en un pensamiento enteramente nuevo e inaudito entre zorros: se construyó como madriguera una trampa, se aposentó en ella y se las dio de que su trampa era una madriguera normal (y esto no por astucia, sino porque siempre había tomado las trampas de los demás por sus madrigueras). Pero él resolvió volverse astuto a su manera y aparejar como trampa para otros la trampa que se había hecho para sí y que sólo a él mismo se acomodaba. Esto atestigua de nuevo su gran ignorancia acerca de la trampería: en realidad nadie podía caer en su trampa, porque él mismo la ocupaba. Lo cual no dejó de enojarle; pues es cosa sabida, desde luego, que, aun con toda su astucia, todos los zorros caen ocasionalmente en trampas. ¿Por qué no habría de competir una trampa de zorro, y una construida por el más experto en trampas de todos los zorros, con las trampas de hombres y cazadores? Obviamente, porque esta trampa no se daba a conocer como tal con suficiente claridad. Así que a nuestro zorro se le ocurrió decorar con máxima belleza su trampa y fijar en ella por todos lados señales inequívocas que decían a las claras: “Vengan, vengan todos, que aquí hay una trampa que es la más bella del mundo”. A partir de este momento estaba ya clarísimo que ningún zorro podría nunca extraviarse y sin proponérselo caer en esta trampa. Pero, así y todo, fueron muchos los que acudieron. Y es que esta trampa servía de madriguera a nuestro zorro, y quien quisiera visitarlo en su casa, tenía que caer en su trampa. Claro que todo el mundo podía luego salir tranquilamente de la madriguera, todos excepto él mismo; pues la trampa estaba literalmente cortada a la medida de su cuerpo. Mas el zorro-que-habitaba la trampa decía con orgullo: “Son tantos los que me visitan en mi trampa que me he convertido en el mejor de todos los zorros”. Y también en esto había algo de verdad, pues nadie conoce la trampería mejor que quien se pasa toda la vida sentado en una trampa.
Magda dijo
¡No sabia de este libro! ¡muhas gracias! Arendt me parece excelente.
Ojalá leas la correspondencia entre ella y Heidegger, es fascinante.
22 Septiembre 2006 | 06:41 PM