Trilogía de Auschwitz
Aunque el primer volumen de esta obra ya fue comentado, no quería desaprovechar la ocasión de hacer una nueva relectura acompañada de los dos libros siguientes. Vengán acá:
Si esto es un hombre

No es una crónica del exterminio planificado, pero sí lo es de la esclavitud. Por miles trabajaron en el complejo industrial formado por el campo de Auschwitz (hoy Oswiecim) y la red de satélites en torno suyo. Hornos y cámaras de gas se encontraban en Birkenau; en Monowitz, donde se centran los hechos de este libro, los presos se afanaban en una factoría adyacente que siguió funcionando después de la guerra. En un sitio fabricaban muerte y en otro goma sintética, pero las miserias y sufrimientos eran parecidos.
Fue en Monowitz donde el autor sufrió un año entero de trabajos forzados. Dos inviernos bajo el riesgo de morir debido a las pésimas condiciones de vida (clima, enfermedad, alimentación, feroz trabajo manual) y, a veces, las esporádicas selecciones administrativas que apartaban a los todavía productivos de los que iban derechos al gas.
De todo aquella experiencia sale un testimonio casi inmediato, publicado a los dos años de la liberación de Primo Levi. Es un texto de leve amargura, pero que carece de rencor personal contra los verdugos y del victimismo agresivo que se estila hoy día. Es decir, que su edición no sería subvencionada por la FAES.
En cambio es descriptivo y detallista acerca de los múltiples aspectos de la vida rutinaria en el lager. Junto a un relato personal sobre sus vicisitudes (la parte mas conmovedora sería el diario de los diez últimos días en el campo, ya abandonado por sus vigilantes, en el que todo antiguo orden se desmorona) el autor levanta acta notarial sobre hechos que acontecen y de los que debe ser el lector juez.
Es el testimonio pasado limpio de un observador dotado con el más humano de los espíritus científicos y una prosa firme que no se anda por las ramas; de un químico que repara en los charcos de lluvia contaminados por el petróleo y siente en verdad el aire intoxicado que se le mete por los pulmones; de un economista improvisado que nos muestra el sistema de comercio entre los prisioneros basado en la cotización de las rebanadas de pan como moneda de cambio para obtener bienes y servicios; de un judío laico que introduce metáforas bíblicas y les otorga un nuevo valor literario (como esa Torre del Carburo levantada con mano esclava cuyos ladrillos han sido llamados Ziegel, briques, tegula, cegli, kamenny, bricks, téglak, y el odio los ha cimentado; el odio y la discordia, como la Torre de Babel); de un sociólogo que recalca el hecho de que en la sociedad concentracionaria los peores carceleros son los propios prisioneros que en aquella confusión de lenguas y nacionalidades luchan por un puñado de privilegios, un litro más de sopa, una hora menos de trabajo, un día más con vida.
Y por último, tenemos a un lingüista en pleno trabajo de campo (y no es un juego de palabras) que intuye que el don de la palabra se iba transformando en algo terrible y degenerado:
Decimos “hambre”, decimos “cansancio”, “miedo”, “dolor”, decimos “invierno”, y son otras cosas. Son palabras libres, creadas y empleadas por hombres libres que vivían, gozando y sufriendo, en sus casas. Si el Lager hubiese durado más, un nuevo lenguaje áspero habría nacido.
...si es que no había nacido ya, tal como indica unas páginas más adelante:
¿Sabéis cómo se dice “nunca” en la jerga del campo? Morgen früh, mañana por la mañana.
La tregua
No parecía haber un día siguiente, pero Levi tuvo suerte de que no fuera así.
La tregua viene a responder al tan común “¿y que pasó a continuación?” de toda buena narración cuando se vuelve la última página. Con el añadido del componente real, por supuesto: todo ocurrió de verdad. Cómo no hará esto más intensa la lectura.
Y como toda buena historia de viajes (sobre los raíles de Polonia, Ucrania, Rumania, Hungría, Austria, Alemania y, por fin, Italia) en ésta son numerosas las peripecias. Menos trágicas, incluso cómicas, aunque también la enfermedad, el hambre y la muerte acompañaron al autor a través de su recorrido por la Europa en ruinas de la inmediata posguerra.
El espacio breve fue el preferido de Primo Levi, que desarrolló a lo largo de su vida el cuento y el relato corto. Por eso si algo abunda en este libro son los perfiles de personajes secundarios y la multitud de brochazos y de anécdotas mínimas que protagonizan los componentes de la peculiar caravana de gitanos que se mueve de un campo de desplazados a otro según la órdenes de la desordenada administración soviética: pastores calabreses, abogados milaneses, soldados desmovilizados, obreros “voluntarios”, timadores romanos, partisanos triestinos y el pequeño grupo de judíos itálicos supervivientes, minoría entre minorías, tan poco judíos (un judío que no sabe hablar yídish, le recriminan en una estación de tren de Europa oriental, imposible) que en realidad son italianos.
Con todo a pesar de conservar para sí la esperanza de volver a casa y reintegrarse en la “normalidad”, el ingeniero Levi era lo suficientemente lúcido como para reconocer que ya nada sería igual, que el Lager no fue una anomalía monstruosa; que en realidad no era sino la confirmación de algo ya sabido por el también superviviente Mordo Nahum, griego y astuto como su compatriota Odiseo. Así, Mordo le recordará a Primo la verdad esencial: siempre estamos en guerra.
La tregua del título coincide entonces con un respiro entre guerra y guerra, una tregua en el orden mundial, durante el cual sólo el dolor de la nostalgia por regresar a casa fue más grande que el vacío en el estomago.
Del libro hay adaptación cinematográfica, no demasiado buena a pesar de contar con el siempre profesional John Turturro para interpretar el papel del propio Primo Levi... hablando en inglés y rodeado de actores italianos. De ahí el poco verismo que muestra la película, aunque no le falten decorados y escenografías solventes. Cómo va a ser realista si se observa a los compañeros de viaje del protagonista, al entorchado Ferrari o al contrabandista Cesare, puras estampas del carissimo amico y del regateo negociante, mover las manos y hacer gestos de una forma que es muy suya pero expresándose en una lengua que no lo es.
Los hundidos y los salvados

Este ensayo cierra (en el año 1986, poco antes de la muerte de Primo Levi) la trilogía involuntaria sobre Auschwitz. Involuntaria porque nada habría escrito si su autor no hubiese sido obligado a ir hasta allí, involuntaria también porque cuando redactó el primer volumen cuarenta años antes pensó que había dicho todo lo que tenía que decir.
Pero fue tanto lo que tenía que decir, incluso repitiéndose, que las opiniones y reflexiones aquí escritas de forma clara y lúcida vienen a ser una recapitulación final sobre todos los temas que fue tocando a lo largo de su vida literaria.
Y eran muchos: si los salvados, los privilegiados que sobrevivieron (incluido él mismo) merecían tal suerte y por qué les embargaba la vergüenza frente los que no lo hicieron, los hundidos; cuál es el valor de un intelectual antes, durante y después del cautiverio; qué papel jugaba la violencia en la vida del lager; cuáles han sido los diferentes tópicos que se han desarrollado a lo largo de los años sobre el universo concentracionario; y por qué los prisioneros no se rebelaron o escaparon, por qué no huyeron antes, antes de los campos, antes de la guerra, antes de la ascensión del fascismo.
El tema más personal y el que describe mejor todos sus años consagrados a la causa de relatar el genocidio nazi es sin duda el dedicado al intercambio de cartas con alemanes a raíz de la publicación en la lengua germana de Si esto es un hombre. Desde su traductor a gente que residió muy cerca de su lugar de cautiverio, pasando por las jóvenes generaciones que no sufrieron aquellos tiempos, todos despiertan la curiosidad del autor por saber si asumieron conscientemente la parte de culpa que les tocaba o si han vivido coherentemente con lo que pensaban entonces.
Queda a destacar el capítulo titulado “La zona gris” que inspiró en parte la película del mismo nombre, mejor realizada que la adaptación de La tregua. Y más intensa por incidir en un punto tan polémico como fue el de la actuación de los sonderkommandos, los grupos integrados por prisioneros judíos cuya cometido era conducir la carga humana de los trenes hacia las cámaras de gas y llevar luego sus restos a los hornos crematorios. Una tarea que realizaban durante un periodo de unos pocos meses hasta que eran sustituidos por otro nuevo grupo adiestrado, y cuya primera prueba consistía en deshacerse del anterior. Primo Levi siempre estuvo dispuesto a apelar a la honestidad de principios, por eso cobra mayor valor que resalte ese territorio gris ceniza del comportamiento humano en el que hombres aparentemente buenos son capaces de cometer a conciencia crímenes sin ninguna justificación contra sus semejantes. Y viceversa.
