La Coctelera

Comeclavos

Apodado también dientes largos y ojo de satán y lord high life y sultán de los tosedores y cabeza hendida y pies negros y chistera y bey de los mentirosos y palabra de honor y casi abogado y embarullador de procesos y médico de lavativas...

23 Octubre 2006

“Historia de la decadencia y caída del imperio romano” De Edward Gibbon (edición de Dero A. Saunders)

Una verdadera novela histórica

En una reciente entrevista al escritor colombiano William Ospina se le preguntaba acerca de su novela Ursúa, relato sobre los conquistadores españoles en América. Luego, una novela histórica. Ospina contraponía su labor a la del historiador, limitado en gran medida en su escritura porque “le está prohibido casi del todo imaginar”. Cosa que no le sucede al novelista ya que:

tiene el privilegio de nutrirse de las investigaciones históricas y completar el cuadro con su imaginación. Sabe que en la realidad llueve y que los caballos relinchan, que el viento sopla, que las muchachas suspiran, que los hombres estornudan y escupen. Sabe que introducir esas cosas no sólo no traiciona el relato, sino que lo hace vívido. Para el hombre común, la verdadera historia es la novela histórica, que aspira al rigor pero que no anhela la verdad sino sólo la verosimilitud.

Para el hombre no común, el curioso y el ocioso que pierde el tiempo leyendo cosas que no entran dentro de la categoría de novela o que no se catalogan como literatura, tenemos a Gibbon.

Hay actualmente una lacra de historiadores demasiado imaginativos (y que escriben mal), así como de novelistas que se han metido en la novela histórica para forrarse un riñón y que no tienen nada que contar (o que cuentan siempre lo mismo).

En otro tiempo y otro lugar las cosas eran diferentes y se unían rigor científico y calidad literaria. Por eso el ilustrado Edward Gibbon sigue reeditándose más de dos siglos después, tanto la obra completa en seis volúmenes como su edición abreviada para uso de lectores necesitados de espacio y dinero como yo.

A través de la prosa elegante y elaborada del autor discurren unos cuatrocientos años de decadencia (mil cuatrocientos en la obra completa) y diversas recaídas y recuperaciones del imperio romano hasta su disolución definitiva, que el autor sitúa en la conquista otomana de Constantinopla .

En la descripción del carácter y las acciones de los personajes históricos es donde mejor se aprecia su habilidad de escritor dotado de erudición. Su estilo narrativo se simplificaría más tarde, como divulgación didáctica para consumo de masas tal y como hacía Isaac Asimov (que compartía con Gibbon su espíritu escéptico e irónico para los asuntos de la religión cristiana), o directamente degeneraría en puro chismorreo al estilo de Indro Montanelli y otros comentaristas de chascarrillos de la Historia. Lo cierto es que cuando Gibbon escribe sobre el astuto Octavio Augusto, menciona que la virtud de Marco Aurelio Antonio era de tipo más severo y laborioso o se refiere a la sagaz inteligencia de Constantino despliega habilidades de un auténtico novelista descriptor de caracteres.

Se le nota además versado en las fuentes clásicas, de ahí que algunos párrafos muestren un estilo lapidario, como si hubiesen sido grabados en bronce o en mármol con grandes letras capitales. O redactados directamente en pergamino por un Tácito o un Suetonio que aportan alguna máxima moral a su descripción. Así, cuando el emperador Decio crea un nuevo cargo para equilibrar su gobierno éste:

consciente de que el favor del soberano puede otorgar poder, pero que solo la estima del pueblo concede autoridad, sometió la elección del censor a la voz ecuánime del Senado.

Lo mismo que cuando el emperador Constancio se autoengaña a sí mismo:

Consciente de que el aplauso y el favor de los romanos corrían parejos con la fortuna en ascenso de Juliano, su espíritu descontento estaba dispuesto a aceptar el sutil veneno de los hábiles psicofantes que camuflaban sus malintencionados proyectos con la apariencia de verdad y sinceridad.

el sutil veneno de los hábiles psicofantes que camuflaban sus malintencionados proyectos, ¿en que novelista se encuentra hoy día algo así? Eran otros tiempos y ya no se describen batallas como las de la época de Valentiniano ni en la novela histórica (por no decir fantástica) más desatada:

Otra división enemiga –o mejor dicho, todo un ejército- descansaba en las umbrías orillas del Mosela tras devastar gratuita y cruelmente el territorio cercano. Jovino, que había examinado el terreno con la mirada de un general, se aproximo en silencio por un valle profundo y boscoso hasta que pudo advertir con claridad la indolente seguridad de los germanos. Algunos bañaban sus grandes cuerpos en el río; otros peinaban sus largos y blondos cabellos, y otros más bebían largos tragos de vino generoso y exquisito. De repente, oyeron el sonido de la trompeta romana y vieron al enemigo en su campamento. La sorpresa produjo desorden y a este siguió la huida y la consternación. La confusa multitud de los más valientes guerreros quedó atravesada por las espadas y lanzas de los legionarios y las tropas auxiliares.

De ese acercamiento novelesco a los grandes hechos y personajes, con profusión de datos, a veces intrascendentes, sólo lamento que las historias de la reina Zenobia y de Juliano el Apóstata (personaje favorito del autor y mío también) hayan sido abreviadas.

Hay otros detalles narrativos de un texto ya clásico como es éste: a veces Gibbon utiliza tales comparaciones para ilustrar a sus lectores contemporáneo que a nosotros, gentes del futuro, nos dicen más sobre las ideas y prejuicios del tiempo en que vivió que acerca de la época de la que escribe. Y al enumerar los territorios de la administración romana juzga lo siguiente:

En cuanto a España, este país floreció como provincia y ha decaído como reino. Agotada por abusar de su fuerza, por América y por la superstición, tal vez su orgullo sufriría si se le pidiera una lista de 360 ciudades, tantas como enumeró Plinio en la época de Vespasiano.

Pero a veces el hombre del futuro se ve tocado con intensidad por las palabras del pasado:

Mientras perduren en la humanidad las mismas pasiones e interese, las mismas cuestiones que se debatían en los consejos de la Antigüedad sobre la guerra y la paz, la justicia y la política aparecerán con frecuencia como tema de debates modernos. Sin embargo, el más experto de los hombres de Estado de Europa nunca se ha visto obligado a considerar la oportunidad o el peligro de admitir o rechazar una innumerable multitud de bárbaros que, movidos por el hambre y la desesperación, solicitan un lugar donde establecerse en los territorios de una nación civilizada.

En un autor de un simple manual de Historia estas opiniones personales lastrarían el texto y hasta lo harían poco apto para leer y aprender. Pero aquí forman parte del estilo. Como las notas a pie de página, verdaderos miniensayos o meditaciones que amplían tanto la información como demuestran el in-genio del historiador. De esta manera evalúa en una nota la profusión de milagros documentados por los cristianos primitivos:

*Podría parecer extraordinario que Bernardo de Claraval, que registra tantos milagros de su amigo san Malaquías, no mencione los suyos que, a su vez, aparecen cuidadosamente relatados por sus compañeros y discípulos. En la larga historia eclesiástica, ¿existe un solo caso en que un santo afirmara que poseía el don de hacer milagros?

¿Tiene el historiador imaginación o no la tiene, Ospina?

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