La Coctelera

Comeclavos

Apodado también dientes largos y ojo de satán y lord high life y sultán de los tosedores y cabeza hendida y pies negros y chistera y bey de los mentirosos y palabra de honor y casi abogado y embarullador de procesos y médico de lavativas...

6 Noviembre 2006

“Cruzada en jeans”, de Thea Beckman

Campamento de verano medieval


Rudolf Heftling es un chaval holandés de hoy día que viaja, gracias a una máquina del tiempo, hasta la Europa de comienzos del siglo XIII. Allí, como buen viajero temporal que es, se queda atrapado sin posibilidad aparente de retorno y rodeado por una sociedad atrasada compuesta de crédulos palurdos, supersticiosos y gentes ignorantes de las bondades higiénicas del jabón y el estropajo además de otras comodidades modernas...

Que conste que el resumen del argumento que acabo de dar me ha venido a la cabeza al empezar a buscar referentes sobre el mismo tema. Éste creo yo que debió empezar con el yanqui en la corte artúrica de Mark Twain, pero sobre todo se ha visto más a menudo en el cine. Pon una cinta de hip-hop a todo volumen y ya verás como menea el esqueleto la alta nobleza borgoñona en el banquete del rey.

Sin embargo, esta novela deja de lado sin problemas cualquier tópico al uso. El protagonista, convertido en el noble Rudolf de Ámsterdam, participa de unos de los hechos más extraños ocurridos en la época en que ha caído: la Cruzada Infantil, que desde Alemania partió a liberar Jerusalén con la sola fuerza de la inocencia de los miles de niños que la componían. Es aquí donde la decisión de Rudolf y sus capacidades intelectuales (llega hasta el extremo de “inventar” la pólvora), combinados con el coraje y las habilidades manuales de los niños de la época, huérfanos e hijos siervos casi todos, permitirán que la expedición no acabe en un desastre total.

De paso, nuestro chico del siglo XX se educará en los habituales valores de amistad y compañerismo y lealtad inherentes en ciertas novelas juveniles, y que parecían más firmes y habituales en aquellos tiempos medievales. A su vez, los jóvenes cruzados aprenderán acerca de la libertad y la capacidad de decidir por sí mismos, independientemente de la división en estamentos o de lo que piense Dios allá en su trono.

La novela satisface las necesidades de aventura que uno busca en este tipo de libros. La larga marcha hasta alcanzar el Mediterráneo de diez mil niños y niñas a través de los pasos alpinos repletos de osos, lobos y rapaces señores feudales no es algo que se describa muy a menudo en los libros de Historia.

En el fondo, todo moderno espíritu infantil con inquietudes, desde Guillermo Brown para acá, ha querido ser líder de un grupo, de una banda, de una pandilla. O, como mínimo, el organizador, el chico de las ideas, el que sabe en qué y para qué sirven las aptitudes de los demás miembros. O sea, un líder con otras palabras. Así, del lado de Rudolf de Ámsterdam podemos comprobar cómo se “manda” un auténtico ejército organizado en cazadores y pescadores, enfermeros, y el equipo de seguridad (milicia) habitual.

Con esta esta relectura volví a descubrir un buen clásico. El mejor elogio es que su valor ha sabido conservarse con el tiempo.

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