La Coctelera

Comeclavos

Apodado también dientes largos y ojo de satán y lord high life y sultán de los tosedores y cabeza hendida y pies negros y chistera y bey de los mentirosos y palabra de honor y casi abogado y embarullador de procesos y médico de lavativas...

15 Noviembre 2006

“En el laberinto del viento”, de Marina Colasanti

Joyería fina


La autora, brasileña de origen italiano, compone un volumen con veintitrés relatos de tres páginas cada uno, cuatro como mucho. Como cuentas de pedrería o pétalos de una rara flor, todos ellos son historias preciosistas (también preciosas) pertenecientes al “cuento maravilloso” (los cuentos en sí también son maravillosos). Quizá porque se asoció mayoritariamente a este género de hadas y reyes encantados con la infancia lo leo en la antigua colección de Austral Juvenil, la del emblema del conejito: concretamente este libro está marcado con tres conejitos, lo que significa recomendado a partir de 11 años. Me hago cargo de la advertencia, aunque mucho han cambiado los criterios de publicación desde esta edición del año 1988.

Algunas historias conservan un fondo de dureza, aun de crueldad, de los cuentos originarios del género, de la Bella Durmiente que provoca la muerte de su suegra, de la Caperucita que se come la sopa hecha no por, sino de la abuelita. También hay algo del estilo posterior, ropajes victorianos y prerrafaelitas a la hora de narrar y describir ambientes. Pero por su uso de la paradoja, del reflejo especular, de la palabra, del laberinto literal o figurado, estos son los cuentos de hadas de la era de Ítalo Calvino y de Borges. O dicho de otro modo: cuando las cortes de princesas y sus hadas madrinas sacaron pasaje en primera para el continente latinoamericano.

Los cuentos son:

El último rey
Más allá del bastidor
Por dos alas de terciopelo
Una espina de marfil
Una idea toda azul
Entre las hojas de la verde O
Hilo tras hilo
Sólo la primera
Siete años y otros siete
Las noticias y la miel
La moza tejedora
Entre león y unicornio
La mujer enramada
En el regazo del verde valle
Donde los océanos se encuentran
Doce reyes y la moza en el laberinto del viento
Un deseo y dos hermanos
En busca de un reflejo
De suave canto
El rostro tras el rostro
Una caracola junto al mar
Un puente entre dos reinos

y
Palabras aladas, que se cuenta así:

Silencio era lo que más gustaba al rey.

Y que cada día parece gustarle más. Cualquier ruido, decía, era cuchillo en sus oídos.

Por eso, muy joven aún, mandó construir altísimos muros alrededor del castillo. Y pronto, no satisfecho, ordenó que por encima de los muros, y por encima de las torres, por encima de los tejados y de los jardines, pasase inmensa redoma de vidrio.
Ahora, sí, ningún sonido entraba en el castillo. El mundo podía gritar allí fuera, que dentro nada se oiría. Y aun la tempestad hízose muda, con relámpagos que brillaban en los espejos de las salas, sin que el resonar del trueno o el correr del viento perturbase la serenidad de las sedas.

-Oíd que preciosidad –decía el rey.

Y toda la corte se callaba, embelesada, oyendo el silencio.

Pero si los sonidos no podían entrar, verdad es que tampoco podían salir. Cualquier palabra dicha, cualquier estornudo, sollozo, canto, se quedaba vagando prisionero del castillo, sin que nada le sirviesen rendija de ventana o puerta dejada abierta. Pues si bien era posible escapar a las paredes, nada los liberaba de la redoma.

Poco a poco, las palabras pasaron sin que nadie oyese sus pasos y se fueron acumulando por los rincones, las frases serpentearon en la superficie de los muebles, las interjecciones salpicaron las tapicerías, un maullido de gato arañó los corredores.
Y todo habría continuado así si un día, en el exacto momento en que su majestad recibía a un embajador extranjero, no hubiese atravesado la sala del trono una frase desgarrada. Frase del cocinero que, sobreponiéndose a los elogios reales, mandó al embajador desplumar, muy deprisa, una gallina.

Más que los oídos, la frase hirió el orgullo del rey. Furioso, dio órdenes para que todos los sonidos usados fuesen recogidos y para siempre encerrados en el más hondo calabozo.

Durante días, los cortesanos se empeñaron en aquel nuevo deporte que los llevaba a sacudir cortinas y a rastrear debajo de los muebles. La audición certera abatía exclamaciones en pleno vuelo, maniataba rimas, desalojaba cuchicheos. Una condesa llenó un cesto con un centenar de acentos. Un marqués de monóculo hizo montoncillos de monosílabos. Y hasta hubo quién aseguró haber sostenido entre los dedos el delicado no de una doncella. Al fin se divirtieron tanto, tan entusiasmados quedaron con la tarea, que acabaron por instituir la Temporada Anual de Caza de la Palabra.

De temporada en temporada, vaciábase el castillo de sus sones, llenábase el calabozo de coloquios. Hasta tal punto, que llego el momento en que allí no cabía ya siquiera el casi silencio de una coma. Y el Mayordomo Real viose obligado a transferir secretamente parte de los sonidos a aposentos de la primera planta.

Fue, pues, por azar que el rey pasó frente a una de las habitaciones. Y pasando oyó un murmullo, rasgo de coloquio. Dispuesto a protestar, ya la mano se posaba en el pomo, cuando el calor de aquella voz lo retuvo. E inclinado hasta la cerradura para oír mejor, el rey captó la llama, las palabras con que un joven, de rodillas tal vez, derramaba su pasión a los pies de la amada.

El recuerdo de aquellas palabras pareció volverle al rey desde muy lejos, atravesando el tiempo, ardiendo nuevamente en el pecho. Y en cada una reconoció con sorpresa su propia voz, su joven pasión. Era suyo aquel diálogo de mayor encerrado hacía tantos años. Hilo de una larga madeja del pasado, venía ahora a envolverlo, religarlo a sí mismo, exigiendo salir de calabozos.

-¡Que se abran las puertas!- gritó, conmovido, por primera vez gustándole su grito, él que siempre había hablado tan bajo. Y abrió de par en par los batientes que tenía enfrente.

-¡Que se abran las puertas!

Corrió el grito de la sala al salón, de la escalera al jardín, muro arriba, hasta topar con la cúpula de vidrio, y volver, golpeando el mentón majestuosos.

-¡Que se derrumbe la redoma! –lanzó entonces el rey con todo el poder de sus pulmones –¡Que se abatan los muros!

Y esta vez el grito va por entre los fragmentos de cristal, subiendo, planeando, pájarogrito que en el cielo se aleja, trayendo detrás de sí, en revoloteo, frases, cantigas, epístolas, dictados, sonetos, epopeyas, discursos y recados, y a lo lejos –periquitos- una bandada de risas. Sonidos que en el espacio se esparcen llevando al mundo la vida del castillo, y que, poco a poco, se van en libertad.

Ilustración de Araceli Sanz

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