La Coctelera

Comeclavos

Apodado también dientes largos y ojo de satán y lord high life y sultán de los tosedores y cabeza hendida y pies negros y chistera y bey de los mentirosos y palabra de honor y casi abogado y embarullador de procesos y médico de lavativas...

21 Noviembre 2006

"El tiempo del desprecio", de André Malraux

Aquellos calamitosos años

Un líder de la resistencia antinazi es arrestado en una operación de rutina y conducido a los calabozos de un campo de concentración alemán, donde espera en soledad el interrogatorio y la tortura sin saber si su verdadera identidad y su cargo han sido descubiertos. Es el año 1935 y Malraux, como siempre, le toma el pulso a la realidad escribiendo en el momento justo, como dos años después sucedería con La esperanza, la mejor novela extranjera sobre la guerra civil española.

El tiempo del desprecio resulta ser una obra menor del novelista, por número de páginas y por resultados. Su historia no está bien contada. Es demasiado militante en sus planteamientos, demasiado ideológica, aunque Malraux nunca pasara de ser considerado un “compañero de viaje” por los comunistas, el tipo que coleccionaba estatuas indochinas y cenaba en buenos restaurantes al tiempo que largaba artículos cáusticos contra la invasión de Etiopía y la ultraderecha rabiosa francesa. Luego llegaría el tiempo de conseguir aviones y pilotos para la II República, pero esa es otra historia.

Las informaciones sobre torturas, humillaciones y desprecio las obtuvo de primera mano al escuchar a los exiliados alemanes que habían huido a París. Lo que Malraux no podía vivir o ver lo suplía con talento literario y estilo. En los momentos más oscuros, en lo más recóndito de su celda, los casi delirios de Kassner, el protagonista, surgen en medio de una historia con tintes de lo que hoy llamaríamos denuncia social (y en aquella época realismo socialista): es la veta surrealista y onírica del joven Malraux que participó de la vanguardia artística de su tiempo, un chorro puro de palabras e imágenes poéticas en las que se mezclan manadas salvajes de caballos en estampida por la estepa rusa con peces cubiertos de pelo y el sonido de una paliza en la celda de al lado. A falta de inventar Amnistía Internacional, siempre se podía contar con un novelista de prestigio que dejaba frases tan contundentes como esta:

Kassner sabía que, si todos los hombres pueden matar en el combate, para golpear a un prisionero se requiere la abyecta gracia del Estado.

Una obra creo que prácticamente desconocida en español y más en España, y que leo en una versión de 1956 de la editorial argentina Cauce, cuajada de modismos y “acentos”. Resulta impagable ese teutónico agente de la Gestapo diciendo: Y a ese chancho ni siquiera le pegaron. Lo que no resta importancia a la denuncia informativa contra una Alemania que todavía entonces buscaba una cierta respetabilidad política en el plano internacional y era sensible a los trapos sucios.

Y como aún perduran modos y gobiernos dictatoriales, personalmente agradecería nuevas traducciones y publicaciones de esta y otras obras del gran Malraux.

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