"El sueño de hierro", de Norman Spinrad
Ciencia-ficción nacional-socialista

Hay libros con elementos metaliterarios, pero pocos que sean pura metaliteratura en sí mismos, del texto de la contraportada a la página final. Éste es uno de ellos.
El sueño de hierro contiene en sí mismo una novela llamada El señor de la Svástika, “la más ágil y popular de las obras de ciencia ficción de Adolf Hitler”, tal y como reza la publicidad que precede al texto de la obra. La nota biográfica que sigue a continuación indica que el tal señor A. Hitler era un inmigrante austriaco que emigró a los Estados Unidos en 1919 y empezó a ganarse la vida como ilustrador y escritor para las revistas del género. Se hizo bastante famoso entre los círculos de aficionados gracias a novelas como El dominio de los mil años o El triunfo de la voluntad, y tras su fallecimiento en 1953, un gran número de admiradores popularizó las vestimentas e insignias que llevaban los protagonistas de sus obras, en lo que resulta ser un antecedente del actual cosplay.
Hablamos de una novela escrita por Hitler: ¿se puede uno imaginar qué clase de disfraces se pondrían sus admiradores?
Pero vayamos al meollo del asunto: la novela dentro de la novela y que se titula El señor de la Svástika es un mamotreto delirante de trescientas páginas que se desarrolla en un mundo postnuclear (el tema más manido y sobado de la literatura de ciencia ficción). Allí, Feric Jaggar, el héroe ario por antonomasia, el Elegido por el Destino, debe salvar lo que queda de la civilización formada por los verdaderos hombres genéticamente puros de la amenaza de mutantes, mestizos y dominantes, seres estos últimos que viven infiltrados en la sociedad y aumentan su influencia manipuladora a través del control de las mentes. Por si queda alguna duda: son una metáfora de los judíos, pero no lo vayan divulgando por ahí.
La labor del protagonista Jaggar calca, punto por punto, lo que hizo en un mundo paralelo (el nuestro) el verdadero Hitler: se narra la toma de poder mediante una agresiva campaña política, que incluye partir cráneos de opositores; la eliminación de la vieja guardia aria de moteros camorristas tras una noche de cuchillos largos y su sustitución por los Soldados de la Svástica, o SS; los desfiles y las antorchas; la guerra contra el Oeste y finalmente la invasión y conquista del Este, el inmenso territorio del Este plagado de mutantes y dominantes que quieren contaminar la raza pura y que todos sea iguales bajo su esclavitud. Y en medio un despliegue fálico de cañones, bombas, tanques, motocicletas de guerra, cohetes, ametralladoras, mazos de combate, virilidad y testosterona a punto de reventar de los uniformes de cuero negro ajustado.
O sea, cienciaficción nazi.
O cienciaficción a secas. Al final de la novela se incluye un también metaliterario comentario crítico de la novela por parte de un pedante académico de Literatura. Su análisis expone las obsesiones de poder y las carencias de cierto tipo de escritura y escritores habituales en este subgénero literario, tan dado a los héroes planos y pueriles. Y estos no serían más que un reflejo de las obsesiones, las taras y los bajos instintos de los autores.
O sea, pornografía nazi.
Spinrad trata más detalladamente el tema en un ensayo ya clásico (que no es metaliterario) titulado El Emperador de Todas la Cosas.
La edición usada para este comentario es una Minotauro de 1979. Recién desembarcada en España desde Argentina, la editorial de Paco Porrúa estaba aquejada de unos traductores demasiado porteños a la hora de hacer su trabajo, aunque por lo general la lectura no ha resultado tan chocante como la de la semana pasada. Contar con un corrector para fijar y normalizar el texto no habría estado mal.
Otra lectura a partir de una edición más reciente.
Palimp dijo
El libro está bien, es un ejercicio interesante, pero sus virtudes son también sus fallos. Al tratarse del análisis de un libro de ciencia ficción nazi nos presenta el susodicho libro, que por momentos se hace inaguantablemente pesado. Quizá hubiera sido mejor otro tipo de análisis, por fragmentos, no sé.
28 Noviembre 2006 | 11:43 AM