Una librería de la calle Corrientes...
...sin puertas, con persianas de rombos grandes, mal iluminada, extensa, donde los libros, además de estar expuestos en los estantes de las paredes, ocupan enormes mesas con forma de cajón que cubren la superficie del local. En el fondo hay varias filas de anaqueles que apenas permiten el paso de una persona. Un mostrador en forma de ele marca el territorio del dueño. Se llama SMIRNOFF y bebe vodka Smirnoff. Es un hombre de cincuenta años, al que todos conocen y al que se trata familiarmente.
Suena un disco de jazz en un aparato portátil marca Wincofon. Otros discos esperan turno. No están a la venta. Lo único que le importa es escuchar jazz.

JOACO va pasando los libros de la mesa de a uno hasta encontrar algo que le interese: El libro de Monelle de Marcel Schwob. Lo lleva hacia el mostrador, junto con otros libros. Junto a Schmirnoff está la barra de amigos escuchando música. GUIDO, SIMÓN, FIGUEROA, y BETTY, una morena delgada y varonera. La mujer de Guido, ALICIA, está lejos de ellos, hurgando en los anaqueles.
JOACO: Llevo este. Te lo dejo acá.
GUIDO:¿Conoces Vidas imaginadas?... es lo mejor de Schwob, su obra maestra. Borges habla maravillas.
JOACO: ¿Lo tenés, Smirnoff?
SMIRNOFF: Qué sé yo, buscalo ¿Por qué mierda me tienen que preguntar a mi?
JOACO: Sos el dueño.
SMIRNOFF: Vos sos medio nuevo, por eso te lo explico, yo no leí un libro en mi vida. Estoy acá porque puedo escuchar música todo el tiempo sin que nadie me joda, hasta que llega alguno como vos.
Fragmento de Roma, del director Adolfo Aristarain. Ya al verla en el cine parecía una de las escenas más irónicas sobre la profesión del libro: Smirnoff, el librero que no leyó ni un libro y del que no se sabe si bebe smirnoff por hacer honor a su nombre o le llaman así por beber dicha marca de vodka, frente al lechugino lector que es Juan Diego Botto, el protagonista.
La historia se aprecia incluso más gracias a la lectura del guión, recopilado en un solo tomo junto a los de Lugares comunes y Martín (Hache). Curiosa trilogía precedida de una serie de introducciones y notas redactadas por un severo trabajador de la palabra y la imagen que se sirve de citas de Conrad y Baroja para hablar de su oficio. A su vez, el mismo Aristarain redacta una serie de aforismos sobre el arte (que no el Arte), cada uno tan duro como una piedra encerrada en un puño: El mundo no ha cambiado ni cambiará por un puñado de películas. El mundo tiene otros motores que lo mueven, a veces para bien, casi siempre para mal.
Lansky dijo
Me gusta Aristarain, me gusta su película Roma, me gusta esa mamá, Roma, tan maravillosa, y me gusta ese paraiso en forma de librería con música de jazz, donde hasta se puede echar un polvo con una colegiala perversa, pero...
¿por qué,? ¿en nombre de qué conchabeo de productor o borrachera de reparto, eligen un actor (?) tan malo, tan poco creible, tan estomagante, absurdamente endiosado (pues es un alfeñique, físico y mental) como Sacristán. ¿Por qué?
22 Enero 2007 | 09:16 AM