“Corea vista por 12 autores”, de varios idem
Autores euroepos y coreanos reunidos en una docena de historias cortas. Una buena antología para quedarse con algunos nombres del manhwa que habitualmente publica Ponent Mont, especialista en viñetas orientales de contenido más solido y menos adolescente:
La paloma falsa, de Choi Kyu-sok.
Dul Lucie, de Catel.
El árbol de Solgeo, de Lee Doo-ho.
¡Ah Pilsung Korea!, de Vanyda.
Cenicienta, de Park Heung-yong.
Beondegi, de Mathieu Sapin.
El conejo, de Byun Ki-hyun.
Cartas de Corea, de Igort.
El pino, de Lee Hee-jae.
Una rata en el país del “Yong”, de Tanquerelle.
La lluvia que pasa vuelve, de Chaemin.
Operación capitán Zidane, de Bouzard.
Los autores europeos, franceses todos menos el italiano Igort, apenas pueden aportar su experiencia autobiográfica como invitados a un salón de cómic en Seúl. Inciden en dos o tres tópicos sobre “el País de la Mañana Tranquila”, la división con el vecino del norte, etcétera. Lo mejor es su sinceridad a la hora de reconocer que son poco menos que turistas y que tampoco van a ilustrar una guía de viajes. La fábula muda de un viaje a la tierra de los dragones (Una rata en el país del Yong) y la disparatada misión secreta encargada por el presidente Chirac a un autor del cómic para debilitar a la selección coreana en el Mundial de Futbol de 2006 son las mejores historias de esta parte.
Los coreanos obviamente, conocen mejor su propio país y pueden mostrar incluso los aspectos más crudos: las calles de la ciudad están llenas de “palomas” (los mendigos o simplemente los expulsados de la rígida estructura laboral) y uno de los autores vive con ellos para retratarlos mejor; seguimos los diferentes empleos mal pagados de una “coneja”, incluido el de acompañante en un karaoke para ejecutivos borrachos; una joven asistenta social que trabaja con ancianos no tiene quien la asista en los peores momentos de soledad. Junto a estos relatos urbanitas existen otros que son recuerdos de la vida rural, en un país que hasta hace poco vivía del campo: la importancia de un par de zapatillas de plástico y el cultivo de melones, o el funeral de un tío-abuelo bajo un pinar al que asisten todos parientes de los distinto rincones del mundo.
De la antología, el trabajo mejor conseguido por la concisión de la breve historia -basada en una leyenda local- y el dominio de la ilustración es sin duda El árbol de Solgeo, cuyas imágenes (como la de arriba) hablan de un verdadero maestro que pinta a su igual.