"La torre de la golondrina", de Andrzej Sapkowski
Nuevos aires para viejas historias
Sexta entrega de la saga protagonizada por el brujo Geralt de Rivia, una serie que supone una renovación en los esquemas de un subgénero literario tan traído y llevado, tan denostado y comercial como sublime (a veces), cual es el de la literatura fantástica. En la mayor parte de sus “diversas” variedades (épica fantástica, fantasía heroica, de capa y espada, de espada y brujería; y así hasta el infinito) esta literatura había quedado atrapada en los manidos clichés generados por el mundillo literario anglosajón, que lo dotaba de héroes demasiado santos o antihéroes demasiado amorales.
Con los dos primeros libros de la serie (los volúmenes de relatos contenidos en El último deseo y La espada del destino), uno podía descubrir a un personaje como Geralt, cazador a sueldo de criaturas mágicas, que se muestra más receloso hacia los seres humanos que le pagan que hacia las criaturas rapaces que intentan masticarle, envenenarle o mutilarle. Por usar una de las muchas imágenes que se parodian postmodernamente a lo largo de las diversas novelas, en sus procedimientos, Geralt tiene más en común con un alimañero furtivo que con un caballeresco San Jorge enfrentado con el dragón. Sus acciones son las propias de un hitman como los retratados por Hammett o Chandler; dos autores que (ahora lo descubrimos) aparte de renovar el género policiaco, escribieron la verdadera novela social de su tiempo.
Con Sapkowski, antiguo funcionario polaco y economista de profesión, ocurre igual. En esta última novela y en un mundo poblado por dríadas, semielfos y magia por doquier, el autor puede ocuparse en algunos párrafos de la minuciosa descripción de un proceso de recalificación de terrenos, un auténtico “pelotazo” urbanístico (como suena) en las tierras de Fantasía. Y cuando al comerciante especulador se le reprocha su actitud lucrativa, este aduce que se confunde el robo con el “espíritu empresarial del individuo”. Nosotros los mercaderes, por nuestra parte, dirá más adelante para justificar un brutal espectáculo de masas patrocinado por él mismo, hemos de actuar siguiendo esta regla: hay que darle al cliente lo que el cliente desea.
Hay una guerra en esta novela. Para ser exactos lleva habiendo guerra desde el tercer libro (La sangre de los elfos) y siguientes (Tiempo de odio, Bautismo de fuego); una guerra amplia que enfrenta a ejércitos poderosos. A diferencia de interminables novelas-río del mismo género, aquí el conflicto importa poco, es casi telón de fondo y ambientación de la obra: sólo se trata de un grupo de grandes cabronazos con títulos nobliarios líandose a espadazos entre sí y contra una superpotencia regida por otro grandísimo cabronazo con rango imperial, mientras se exprime a los pobres cabrones de a pie. En un alarde de ironía esta “saga de Geralt” ni siquiera lo es del todo, porque el autor se centra principalmente en la pupila del brujo, Cirilla y en la narración que va hilvanando a golpe de flash-back.
La técnica narrativa es heredera del hard boiled, un caldero borboteante de personajes de toda clase y condición que suben y bajan constantemente ante nuestros ojos, moviéndose en un mundo amenazante donde la solidaridad es un bien escaso (pero no inexistente) y los peores peligros vienen no tanto de bestias encantadas, que también los hay, como de seres humanos movidos por el interés o la ambición. Todo ello narrado con un excelente dominio de los diferentes niveles del lenguaje –del más culto al más procaz, muy bien traducidos-, economía de medios y uso del diálogo acerado y certero: verdadera novela negra fantástica.

Yennefer de Vengerberg dijo
¡Uf! yo creía que ese Lansky L-loquesea se había ido para siempre, que gente más obsesiva hay por la red.
Este libro me ha parecido deshilachado aunque solo sea porque el personaje de Yennefer apenas aparece un poquito, ¡podría dar más juego! Pero la historia sigue teniendo ese humor tan negro del autor. Realmente espero impaciente "La dama del Lago", ¿como acabará todo?
7 Febrero 2007 | 10:05 PM