Apodado también dientes largos y ojo de satán y lord high life y sultán de los tosedores y cabeza hendida y pies negros y chistera y bey de los mentirosos y palabra de honor y casi abogado y embarullador de procesos y médico de lavativas...
...cuando un hombre muere, no se arranca un capítulo del libro sino que se traduce a un lenguaje mejor. Y todos los capítulos deberán ser traducidos de esa manera. Dios emplea a varios traductores. Algunos fragmentos son traducidos por el paso de los años. Otros por la enfermedad. Otros por la Guerra. Otros por la Justicia. Pero la mano de Dios volverá a encuadernar nuestras hojas esparcidas para esa gran biblioteca donde todos los libros estarán abiertos los unos para los otros."
Embriagada con John Donne anhelaba más, pero el armario estaba vacío: Selecciones de la prosa de John Donne, ¿comprendes? Así que contéstame sinceramente, ¿te será muy difícil encontrar los sermones completos del gran hombre? ¿Y cuánto me va a costar? ¿Sabes Frankie?, eres la única alma viviente que me comprende.
La lectora Helene Hanff (con los gestos de Anne Bancroft) interpela por carta a su viejo librero inglés favorito, Frank Doel (con un nada casual parecido a Anthony Hopkins), para que le consiga, allá a miles de kilometros en en la vieja Inglaterra, los libros de los viejos escritores ingleses que ella quiere leer.
El recitado del pasaje de Donne en una perezosa tarde recostada en mi sillón, en paz con el mundo, escuchando algo clásico y sereno por la radio, una acertada incorporación del guión de la pélicula a la historia original del libro 84, Charing Cross Road.
...y continúa así a medida que pasan las horas del día y pasan las páginas de esta historia, hasta llegar al esperanzador final del libro. Un libro breve y grande, como corresponde a las hechuras de cierta literatura infantil para ciertas edades: de 9 a 99 años.
Por el trance casi-depresivo que atraviesa la anónima chica protagonista, su sentimiento de incomunicación y opresión, su agobio por lo cotidiano, su soledad, el ver pasar ante sí las oportunidades perdidas, etc. (todo mostrado mediante las excelente dotes para la metáfora visual de su autor), pareciera que El árbol rojo es un manual de autoayuda para críos. Y si son ciertos los estudios que determinan que existe un aumento del estrés entre la población infantil de las sociedades opulentas, tal vez ése sea su cometido.
En todo caso, una (breve) historia que mantiene bien hilvanada la relación entre la tipografía, y las impactantes ilustraciones, que a veces le hacen sentir a uno chiquito y perdido en medio de un cruel y duro mundo.
El belga Nothomb, fallecido hace casi un año, era el último superviviente de la escuadrilla internacional de aviadores creada durante la guerra civil española por el novelista André Malraux, a quien él tanto admiraba. De aquella experiencia cada uno extrajo material para sus propias obras: el francés escribió La esperanza mientras aún proseguía el conflicto, relatando con ambición literaria y de forma amplia las acciones y el papel de los pilotos a su cargo, incluyendo el joven Nothomb, que aparecía allí bajo el nombre de Attignies. Éste a su vez publicó El silencio del aviador más de una década después, y sólo ahora se ha traducido al castellano.
Nothomb, a diferencia de su superior, se centra en un único y singurlar episodio de aquella guerra, que tiene por actores principales al aviador del título y a su comandante, Réaux-Malraux: una figura de liderazgo evidente, un organizador que sabe que ser jefe es "encomendarse al destino sin creer nunca en él". En medio de la acción y la lucha -verista, vivida-, la reflexión. Con evidentes tintes autobiográficos, esta es una obra de sospechas y culpas no confesadas, de un intimismo y una soledad que contrasta con el ruido de los motores en combate y la furia de la propaganda militante.
La duda y el recelo no impiden sin embargo que Atrier, el piloto que carga con el silencio, cumpla con su deber. Y todo a pesar de las insidias esparcidas por un comisario político que recuerda en mucho al burócrata obstaculizador que describía en Vuelo nocturno ese otro piloto-narrador que fue Saint-Exúpery. Pero no pretende Nothomb que su personaje se convierta en estereotipo heroico, una figura cómoda con la que el lector se pueda identificar: como bien señala José Ovejero en el prólogo a la novela, esta es la historia de un hombre que se niega a asumir el papel que la sociedad pretende otorgarle "porque ello significaría perder su individualidad y su libertad".
Autores euroepos y coreanos reunidos en una docena de historias cortas. Una buena antología para quedarse con algunos nombres del manhwa que habitualmente publica Ponent Mont, especialista en viñetas orientales de contenido más solido y menos adolescente:
La paloma falsa, de Choi Kyu-sok. Dul Lucie, de Catel. El árbol de Solgeo, de Lee Doo-ho. ¡Ah Pilsung Korea!, de Vanyda. Cenicienta, de Park Heung-yong. Beondegi, de Mathieu Sapin. El conejo, de Byun Ki-hyun. Cartas de Corea, de Igort. El pino, de Lee Hee-jae. Una rata en el país del “Yong”, de Tanquerelle. La lluvia que pasa vuelve, de Chaemin. Operación capitán Zidane, de Bouzard.
Los autores europeos, franceses todos menos el italiano Igort, apenas pueden aportar su experiencia autobiográfica como invitados a un salón de cómic en Seúl. Inciden en dos o tres tópicos sobre “el País de la Mañana Tranquila”, la división con el vecino del norte, etcétera. Lo mejor es su sinceridad a la hora de reconocer que son poco menos que turistas y que tampoco van a ilustrar una guía de viajes. La fábula muda de un viaje a la tierra de los dragones (Una rata en el país del Yong) y la disparatada misión secreta encargada por el presidente Chirac a un autor del cómic para debilitar a la selección coreana en el Mundial de Futbol de 2006 son las mejores historias de esta parte.
Los coreanos obviamente, conocen mejor su propio país y pueden mostrar incluso los aspectos más crudos: las calles de la ciudad están llenas de “palomas” (los mendigos o simplemente los expulsados de la rígida estructura laboral) y uno de los autores vive con ellos para retratarlos mejor; seguimos los diferentes empleos mal pagados de una “coneja”, incluido el de acompañante en un karaoke para ejecutivos borrachos; una joven asistenta social que trabaja con ancianos no tiene quien la asista en los peores momentos de soledad. Junto a estos relatos urbanitas existen otros que son recuerdos de la vida rural, en un país que hasta hace poco vivía del campo: la importancia de un par de zapatillas de plástico y el cultivo de melones, o el funeral de un tío-abuelo bajo un pinar al que asisten todos parientes de los distinto rincones del mundo.
De la antología, el trabajo mejor conseguido por la concisión de la breve historia -basada en una leyenda local- y el dominio de la ilustración es sin duda El árbol de Solgeo, cuyas imágenes (como la de arriba) hablan de un verdadero maestro que pinta a su igual.
Prohibirla. Si la Ministra de Sanidad asegurara que provoca graves alteraciones psíquicas y la prohibiera, los jóvenes y los mayores se lanzarían desesperados a leer a escondidas y a comprar libros de contrabando.
...sin puertas, con persianas de rombos grandes, mal iluminada, extensa, donde los libros, además de estar expuestos en los estantes de las paredes, ocupan enormes mesas con forma de cajón que cubren la superficie del local. En el fondo hay varias filas de anaqueles que apenas permiten el paso de una persona. Un mostrador en forma de ele marca el territorio del dueño. Se llama SMIRNOFF y bebe vodka Smirnoff. Es un hombre de cincuenta años, al que todos conocen y al que se trata familiarmente.
Suena un disco de jazz en un aparato portátil marca Wincofon. Otros discos esperan turno. No están a la venta. Lo único que le importa es escuchar jazz.
JOACO va pasando los libros de la mesa de a uno hasta encontrar algo que le interese: El libro de Monelle de Marcel Schwob. Lo lleva hacia el mostrador, junto con otros libros. Junto a Schmirnoff está la barra de amigos escuchando música. GUIDO, SIMÓN, FIGUEROA, y BETTY, una morena delgada y varonera. La mujer de Guido, ALICIA, está lejos de ellos, hurgando en los anaqueles.
JOACO: Llevo este. Te lo dejo acá.
GUIDO:¿Conoces Vidas imaginadas?... es lo mejor de Schwob, su obra maestra. Borges habla maravillas.
JOACO: ¿Lo tenés, Smirnoff?
SMIRNOFF: Qué sé yo, buscalo ¿Por qué mierda me tienen que preguntar a mi?
JOACO: Sos el dueño.
SMIRNOFF: Vos sos medio nuevo, por eso te lo explico, yo no leí un libro en mi vida. Estoy acá porque puedo escuchar música todo el tiempo sin que nadie me joda, hasta que llega alguno como vos.
Fragmento de Roma, del director Adolfo Aristarain. Ya al verla en el cine parecía una de las escenas más irónicas sobre la profesión del libro: Smirnoff, el librero que no leyó ni un libro y del que no se sabe si bebe smirnoff por hacer honor a su nombre o le llaman así por beber dicha marca de vodka, frente al lechugino lector que es Juan Diego Botto, el protagonista.
La historia se aprecia incluso más gracias a la lectura del guión, recopilado en un solo tomo junto a los de Lugares comunes y Martín (Hache). Curiosa trilogía precedida de una serie de introducciones y notas redactadas por un severo trabajador de la palabra y la imagen que se sirve de citas de Conrad y Baroja para hablar de su oficio. A su vez, el mismo Aristarain redacta una serie de aforismos sobre el arte (que no el Arte), cada uno tan duro como una piedra encerrada en un puño: El mundo no ha cambiado ni cambiará por un puñado de películas. El mundo tiene otros motores que lo mueven, a veces para bien, casi siempre para mal.
Cuarenta años después mi tatuaje forma parte de mi cuerpo. No me vanaglorio de él ni me avergüenzo, no lo exhibo ni lo escondo. Lo enseño de mala gana a quien me pide verlo por pura curiosidad; lo hago enseguida y con ira a quien se declara incrédulo. Muchas veces los jóvenes me preguntan por qué no me lo borro, y es una cosa que me crispa: ¿por qué iba a borrarmelo? No somos muchos en el mundo los que somos portadores de tal testimonio.